Personaje del drama español de su nombre (v.), de Antonio García Gutiérrez (1813-1884). Sin su fresca y seductora voz de tenor, despojado de la magia de la gloriosa música de Verdi y situado de nuevo en las páginas de su viejo drama, nuestro Manrique soporta como puede los golpes de su adversa fortuna, pero conserva intactos sus rasgos morales, su inflamado espíritu y sus dotes de nobleza, pureza, probidad y valor militar, lealtad caballeresca y, sin menoscabo de aquéllos, su tierna pasión amorosa.
Grande es su afecto por Azucena, la gitana a quien cree su madre, pero no es menos su angustia por ignorar quién fue su padre y por ser hijo de una gitana. La orgullosa sangre de los Artal, condes de Luna, a quienes fue raptado por venganza en su niñez por Azucena, habla a su corazón. Y por ello busca ennoblecerse en torneos, aventuras y arriesgadas empresas guerreras, y cuando logra el amor de Leonor, la dama favorita de la reina, aquella necesidad le acucia todavía más. Ni siquiera el odio a su rival, que el destino ha querido que fuera su propio hermano, el conde de Luna, llegará a desviarle del camino del honor, entendido en el más alto sentido dado a esa palabra por los caballeros de la buena época antigua.
En singular combate Manrique desarma al conde y se apodera de su espada, pero no abusa de su victoria, no porque le detenga «una voz venida del cielo», la voz de la sangre, sino por. el respeto que según las reglas de la caballería se debe al enemigo inerme. Menos escrupuloso le hallaremos cuando rapta del convento a Leonor, ya monja, pero en un drama romántico las leyes del corazón no conocen otro código y justifican incluso el sacrilegio. Pero cuando estalla el conflicto entre el amor y el deber, Manrique no vacila: renuncia al inmediato goce de la posesión y corre en auxilio de su madre en peligro, sellando con tal decisión el punto crucial, como hoy diríamos, de su heroica vida (punto que en la ópera halla su correspondencia en el famoso «do de pecho» de «La pira»), y coronando con su propio sacrificio su ideal de perfección caballeresca.
Inútil es decir que un insuperable laúd para entonar sus canciones con el «canto seductor / de un amante trovador, / lleno de tierna inquietud» nos garantiza su auténtica calidad de trovador. Incluso en el último momento nuestro Manrique conservará su bella faz aureolada de efectos románticos; hasta el punto de que, por un alarde de pésimo gusto del autor, oiremos en la escena — según la acotación — el hachazo que tras las bambalinas le corta la cabeza.
F. Carlesi

