[Trimalchio]. Personaje del Satiricón (v.) de Petronio (Caius Petronius Arbiter, 20?-66 d. de C.), que constituye, de acuerdo con el estilo narrativo de la novela, el eje y el diapasón de un episodio bien definido, en un ambiente típico: la «cena de Trimalción».
Su nombre es por sí solo un programa: «Tri» es un prefijo aumentativo, y «malchio» un nombre de origen semítico: en el ambiente de Campania en que transcurre la narración, con su floreciente colonia siríaca, aquel nombre debía ser frecuente entre esclavos y libertos. Trimalción personifica, pues, a los ojos agudos y aristocráticamente hastiados del protagonista Encolpio (v. Ascilto) — o sea, aproximadamente el autor — al esclavo «tres veces grande y por lo mismo tres veces esclavo», al «nuevo rico», pero en una época en que en Roma los individuos de su clase eran, a pesar de todo, uno de los elementos más importantes de la vida productiva del país: no es, pues, una simple caricatura, como parecería hacerlo creer la exagerada acentuación de sus rasgos característicos, sino un tipo eterno a pesar de su indisoluble conexión con una época particular; una persona compleja que tiene vida propia, «de tres dimensiones», incluso más allá del ángulo visual del narrador.
La inmensa fortuna de Trimalción ha sido adquirida sin reparar en medios, pero responde también a la aptitud doméstica, al innato sentido común, a la índole bonachona y a la tenacidad que no se deja abatir por las contrariedades. Nuestro personaje no tiene la morbosa manía, tan típica del plebeyo enriquecido, de olvidar y hacer olvidar su humildísimo origen (antes por el contrario, ve en él un motivo de orgullo y satisfacción sin límites) ni el consiguiente desprecio para aquellos que siguen hallándose en la situación que él ocupara en otro tiempo; por el contrario, permite a los esclavos, a quienes siente próximos a sí, una familiaridad que a veces llega a hacerse importuna para sus invitados; les deja abrirse camino hacia una condición mejor y les promete la libertad: «Amigos, también los esclavos son hombres y han mamado la misma leche que todos nosotros, aunque la fortuna les haya perseguido»; así satisface, ante una servidumbre que le adora y una clientela que le adula, su inmensa vanidad que, jamás saciada de alabanzas, le aguijonea constantemente y sólo se calma cuando le dicen que no tiene igual.
El ambiente que le rodea es el único que él puede alcanzar y el único que puede convenir a sus gustos: el de los «colibertos», es decir, los ex esclavos como él; los «hombres libres» ociosos y arruinados, así como los hombres cultos, decadentes y parásitos, no son, en cambio, más que un desdeñado ornamento de su mesa y sólo le sirven para avalar sus presuntuosos pruritos de ingenio, de cultura de salón (que en rigor no es más que un mezquino cajón de sastre, lleno de insípidas fórmulas y de helenismos entre vulgares y «snobs», juntamente con unos cuantos tópicos de la más sobada sofística a la moda) y de mentalidad especulativa: cosa esta última la más ajena a nuestro liberto, el cual intenta revestir con las más altas fórmulas — de sabor humorísticamente senequista — el más vulgar patrimonio sapiencial.
Todo ello puede resumirse en los desdichados versos que el propio Trimalción recita ante un diminuto esqueleto de plata: «¡Ay de mí! ¡Cuán poco somos! No somos nada. Así seremos todos después que el otro se nos lleve. ¡Vivamos, pues, mientras podamos pasárnoslo bien!» De ese mezquino egoísmo que nada ve por encima ni más allá de los placeres de la vida — excepto potencias astrales y mágicas supersticiones en las que Trimalción tiene una fe ciega — nace un motivo típico: el pensamiento insistente e importuno de la muerte, una cómica «meditatio mortis» expresada, naturalmente, a base de extravagantes exageraciones, en la que, tal vez más que en ningún otro aspecto, se manifieste el carácter oriental de Trimalción, donde se funden la molicie y la melancolía por igual desmesuradas y que si por una parte le lleva a preocuparse de que su «último acto» sea la digna coronación de su rica vida y le dé, a la vez que un sepulcro de grotesca grandiosidad, la única inmortalidad a la que puede aspirar, por otra le hipnotiza literalmente con la visión de su propio cadáver, hasta tal punto que la presenta «a lo vivo» a sus invitados, derramando sobre él tan abundantes como sinceras lágrimas mientras una estridente y monótona música fúnebre envuelve y ritma toda la escena según un uso oriental que había adquirido ya en Roma formas censuradas por las personas de gusto a las que la afinidad cultural y la falta de mesura de nuestro hombre confieren caricaturescas proporciones y torturadora insistencia.
Que Trimalción es un burdo escenógrafo lo demuestran los numerosos platos de su monstruosa cena, cada uno de los cuales — baste mencionar el buey asado de cuyo vientre salen volando unos pájaros — es un «número». «¿Cómo, no sabéis en casa de quién se cena hoy?» Trimalción, hombre opulentísimo, tiene un reloj en su triclinio y un tocador de trompa especialmente asalariado para que a cada instante le diga cuánto tiempo le queda menos de vida: así nos es presentado la primera vez que se le menciona. Trimalción es, en una palabra, uno de los más conspicuos representantes del «snobismo» en el sentido que daba Thackeray a esta palabra (v. Libro de los Snobs), aplicándola a quien alimenta una admiración sin matices y una emulación fatalmente destinada al fracaso hacia un régimen de vida que no es ni puede ser el suyo. En este sentido, el snobismo de Trimalción es de la más crasa especie, en cuanto se esfuerza por imitar no sólo a las clases altas, sino a las más elevadas, y aun a la suprema entre todas, en una Roma donde la casa imperial dictaba la moda y las formas de lujo y de licenciosidad al servilismo y al snobismo de los círculos más próximos a ella, y, a través de éstos, a los demás, del mismo modo que la pequeña corte de Trimalción imita cómicamente la de su señor.
Así, la lectura de los registros que el administrador hace a Trimalción, toma el carácter de un informe presentado al emperador por sus más altos magistrados, acerca de los más graves acontecimientos del Imperio. Naturalmente, el espíritu de imitación de nuestro hombre toma por meta los elementos con los que mejor congenia, o sea los más ostentosa y decididamente clamorosos, reduciendo los demás a su mezquina medida: pero todo, en la imposibilidad en que Trimalción se halla de distinguir entre lo grueso y lo grande, tiende hacia el paroxismo como si con él pudiera alcanzar y aun rebasar la sublimidad.
Y esos elementos aparecen tanto más enormes cuanto más aislados e incoherentes emergen sobre una zona de vida y de gusto sin punto de comparación con otro más humilde y en el fondo más sincero, sencillo y sano: como ocurre, por ejemplo, con el afeminado amigo (por añadidura viejo y feo) que Trimalción se siente obligado a tener, a pesar de que sus relaciones con su esposa Fortunata, basadas en un sincero afecto y en una verdadera estima de sus capacidades domésticas, sólida a pesar de los altercados violentos y de los arrebatos de vulgaridad que las atraviesan, sean para él mucho más naturales. Es difícil que semejante figura no evoque por contraste la del Petronio de la época neroniana, noble, «arbiter elegantiarum» incluso en sus vicios, exquisito gozador de la vida y capaz de morir serenamente como un verdadero hombre libre.
G. Pettenati

