Torres y Villarroel

Protagonista de la Vida de Torres y Villarroel (v.), es­crita por él mismo (1693-1770). La vida de Diego de Torres y Villarroel, figura capital de la literatura postbarroca, tiene todo el sabor de una novela picaresca.

El escritor dice de sí mismo: «La pobreza, la moce­dad, lo desentonado de mi aprensión, lo ridículo de mi estudio, mis almanaques, mis coplas y mis enemigos me han hecho hom­bre de novela, un estudiantón extravagante y un escolar entre brujo y astrólogo, con visos de diablo y perspectivas de hechice­ro…; paso… por un Guzmán de Alfarache, un Gregorio Guadaña y un Lázaro de Ter­mes». Torres nació en Salamanca en 1693 de familia humilde — su padre era el li­brero Pedro de Torres —. Inquieto desde niño, mereció el calificativo de «piel del diablo». Aprendió a leer, escribir, cuentas y doctrina cristiana; y, con este bagaje, pasó a los diez años a estudiar Humanida­des.

Con los estudios alternaba otras ocu­paciones bien diferentes: «Aprendí a bai­lar, a jugar la espada y la pelota, a torear y hacer versos; abría puertas, falseaba lla­ves, hendía candados y no se escapaba de mis manos pared, puerta ni ventana en donde no pusiese las disposiciones de fal­searla, romperla o escalarla…». Salió del Colegio Trilinguae — a los veinte años — «gran danzante, buen toreador, mediano músico y refinado y atrevido truhán». Se escapó de su casa y marchó a Portugal, donde vivió un capítulo real de novela pi­caresca. Sirvió primero a un ermitaño; des­pués, en Coimbra, se anuncia a sí mismo como alquimista y danzador; luego es sol­dado en Oporto, torero en Lisboa, y en compañía de unos toreros salmantinos vuel­ve a la casa paterna.

Se entrega a la lectu­ra: «los autores rancios de Filosofía natu­ral, la Crisopeya, la Mágica, la Transmutatoria, la Separatoria y, finalmente — dice Torres —, paré en la Matemática». El Tra­tado de la esfera, del P. Clavio, le deleitó con embeleso indecible y fue la primera noticia que llegó a sus oídos de que había ciencias matemáticas en el mundo. Esta obra y los libros de Astrología de Origano fueron las bases de los almanaques y pro­nósticos que publicó durante muchos años, con el título de Gran Piscator Salmantino, imitando los del Gran Piscator Sarrabla de Milán. Para disfrutar de ciertas cape­llanías se ordenó de subdiácono en 1715. Sufrió seis meses de prisión como conse­cuencia de las luchas provocadas por la cuestión de la alternativa de las cátedras entre las diversas escuelas teológicas. Absuelto por el Real Consejo, fue nombrado Vicerrector, cargo que le acarreó nuevos disgustos.

La publicación de sus almana­ques excita a sus enemigos. Cansado de esta lucha y de la miseria, marcha a Ma­drid hacia 1723, donde vive en pobrísimo aposento, en la calle de la Paloma, comien­do apenas, y bordando gorros, chinelas, etc., que se vendían en una tienda de la Puerta del Sol. En la Universidad de Ávila se gra­dúa de Medicina. Está a punto de ser con­trabandista; pero a instancias de la condesa de Arcos, Torres, armado de un espadón, hace de centinela varias noches en el pa­lacio de la condesa de la calle de Fuencarral, que se creía habitado por duendes. La aventura se termina trasladándose To­rres a otra casa, donde la condesa le dió habitación, vestido y comida durante dos años. Torres conoce el éxito: en el alma­naque de 1724 pronostica la muerte de Luis I que, efectivamente, acaeció en aquel año.

En alborotadas oposiciones gana la cátedra de matemáticas de Salamanca, de­sierta desde hacía treinta años, celebrando su triunfo los estudiantes; «todo este clamor — dice Torres—, aplauso, honra y gritería hizo Salamanca, por la gran novedad de ver en sus escuelas un maestro rudo, loco, ridículamente infame, de extraordinario ge­nio y de costumbres sospechosas». Durante cinco años — desde 1726 a 1732 — vive de­dicado a su cátedra, poniendo todo su em­peño en persuadir a sus alumnos de la se­riedad e importancia de aquellas ciencias, despreciadas por el vulgo y la Escuela. En 1732 es desterrado de España por compli­cación en un delito obscuro, en el que, al parecer, no tuvo participación, cometido por su amigo don Juan de Salazar. En 1734 se le levantó el destierro — que pasó en Portugal — con prohibición de escribir y de ir a la corte hasta nueva orden.

A los cincuenta años se ordenó de sacerdote. En 1751 logró del Consejo de Castilla su ju­bilación, contra el parecer de la Universi­dad. Ayudaba al Hospital del Amparo de Salamanca con limosnas y asistencia perso­nal. El relato de tales andanzas constituye el fondo de su obra capital. «Su vida — es­cribe don Juan Valera — puede considerar­se como una novela picaresca, sin maldad que mancille la honra del héroe». Torres y Villarroel es una de las figuras más representativas de su tiempo. Torres alude constantemente a la decadencia española en la primera mitad del siglo XVIII: «Padeció entonces la España una obscuridad tan afrentosa que en estudio alguno, colegio ni universidad de sus ciudades había un hom­bre que pudiese encender un candil para buscar los elementos de esas ciencias…». El contacto con la realidad nacional le da conciencia de la miseria intelectual de Es­paña. Confeccionador de oráculos y cate­drático de matemáticas, mezcla de criti­cismo y restos de superstición, Torres y Villarroel es una de las figuras más nota­bles de la época anterior a la introducción del Neoclasicismo (v.), de aquel período de transición en el que luchaban encarniza­damente la rutina tradicional con las nue­vas tendencias de la Ilustración.

J. M.a Pandolfi