Torcuato Tasso

[Torquato Tasso], Protagonista del drama de su nombre (v.), de Wolfgang Goethe (1749-1832). Sobre las circunstancias que inspiraron la obra, te­nemos las siguientes declaraciones del pro­pio poeta: «Tenía ante mí la vida de Tasso y la mía, y aproximando estas dos extra­ñas figuras y sus cualidades, surgió la ima­gen de Tasso, a la que opuse, en prosaica antítesis, la de Antonio, del cual no me faltaban tampoco modelos reales.

Las otras relaciones con el mundo, con la vida y con los amores cortesanos eran aproximadamen­te las mismas en Weimar que en Ferrara, y por ello puedo decir, con razón, que esta obra mía es ‘hueso de mis huesos y carne de mi carne’». Aunque elaborando material tan vivo y doloroso, el drama renuncia a toda teatralidad exterior: las pasiones, se­guidas en su íntimo desarrollo, se consi­deran casi en función de símbolos y se trasponen a mía enrarecida atmósfera ideal. Entre todos los personajes históricos re­creados imaginativamente por Goethe, la figura del poeta italiano parecía particular­mente destinada a la serena compostura clásica. Proyectando en el simbólico mundo del Tasso sus amargas experiencias corte­sanas del primer decenio de Weimar y sus amores con la señora Von Stein, el poeta alemán recordó, sin duda, la ilustración que admirara en sus lejanos años de adoles­cencia en la cubierta de La Jerusalén li­bertada (v.), traducida por Koppe, donde estaba representado Apolo en el momento de coronar a Tasso en presencia de Homero y de Virgilio.

El personaje goethiano nació dentro del ambiente de un idealismo helé­nico capaz de sacar del seno de la más humilde realidad los más solemnes símbo­los. No en vano Goethe transfirió su ficción poética a la época y a la tierra que más que ninguna otra habían encarnado para él el sueño de un renacimiento de la antigüedad clásica. Con el protagonista de esta obra Goethe logró temperar los arrebatos pasionales en nostálgica melancolía, último eco de un desaliento desesperado que la poesía redime. El impulso idealista es muy vivo en el Tasso goethiano. Su autoexaltación no conoce límites. La felicidad en que sueña se halla «más allá de todo sueño». La corona que ciñe es «sagrada», es «el bien supremo», «el ornamento que le ha sido otorgado para la eternidad».

Le impulsa un ansia de perfección llevándole a me­dirse, en instintivo movimiento de desafío, con sus dos grandes rivales en la vida y en el arte, Antonio y Ariosto. Leonora dice del Tasso: «Sus ojos apenas se detienen en esta tierra; sus oídos perciben el acorde de la Naturaleza; cuanto la historia nos brinda y la vida nos da, su pecho lo acoge inmediatamente de buen grado: su genio recoge cuanto se halla disperso en la in­mensidad del espacio, su sentimiento ani­ma las cosas muertas». Tasso habla a la princesa con un lenguaje que parece arran­cado del «dolce stil novo»: « ¡Perdona! Del mismo modo que la proximidad de un Dios alivia y cura prontamente la ebria locura de un hechizado, me bastó mirar una vez tus ojos para que se calmaran to­dos mis desvaríos y todos mis arrebatos». Se expresa en efusiones que recuerdan el sentimiento erótico de ciertos fragmentos de Safo (v.): «Cuando oía su voz, ¡qué inefable sentimiento invadía mi pecho! Cuando la veía, de pronto se nublaba para mí la límpida luz del día y sus ojos me atraían irresistiblemente, lo mismo que su boca, y casi me desvanecía. Tenía que ape­lar a todas las fuerzas de mi espíritu para no desmayar y no caer a sus pies. ¡Oh, sólo apenas lograba disipar mi tumultuosa embriaguez!» Alusiones a la edad de oro y vivos presentimientos de la ley de la pura ética representada por la mujer («El soplo divino, sólo lo he vivido en ella… Con mis ojos la he visto, la imagen arque- típica de toda virtud y de toda belleza…» acentúan cada vez más esta atmósfera ideal.

Los motivos que Goethe tomó de las bio­grafías, ya de sí un poco fabulosas, de Manso y de Serassi, no quedaron, ni mu­cho menos, totalmente suprimidos en la elaboración poética, pero los movimientos psicológicos y las turbaciones psicopáticas, las efusiones sentimentales e incluso algu­nos elementos líricos del personaje italiano, resurgen decididamente «goethizados» en la armonía de la trágica fábula. Ésta avanza en un lineal y coherente desarrollo dramático hasta el «Hinweg!» (« ¡Vete!») que la princesa Leonora pronuncia en los úl­timos versos de la cuarta escena del acto quinto. En el sonido de esta palabra se siente el áspero estridor de una violenta rotura, el hórrido crujido, por decirlo se­gún la imagen de Goethe, de una nave a punto de naufragar.

Tasso ha querido lle­var su amor tan lejos, que finalmente ha chocado contra la ley social y ha perecido. La existencia resulta de un complejo acuer­do de instintos y de necesidades a menudo humildes y precarios que reivindican sus derechos sobre aspiraciones y armonías su­periores. La catástrofe de Tasso representa la victoria de lo más bajo, el triunfo de lo efímero y lo contingente contra el ele­mento eterno e ideal de la poesía. Una pro­funda desesperación se apodera, tras aquel tremendo estallido, del alma del persona­je. Una vez caída de sus ojos la venda de la ilusión, el mundo no es más que infinito horror y vanidad. Y los versos adquieren un tono sombrío que podríamos llamar leopardiano «ante litteram». Situaciones e imágenes recuerdan de cerca (los grandes motivos hallan en todos los tiempos aná­logas expresiones bajo la pluma de los grandes poetas) el canto de Aspasia: «Y tú, sirena, que con tanta dulzura y celeste halago me alegraste, ahora te veo de pron­to tal cual eres. ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué tan tarde?… Pero somos nosotros mismos quienes queremos engañarnos… ¡Oh, por cuánto tiempo me disimuló tu santo rostro a la coqueta que pone en juego todos sus ardides! Ahora cae la máscara y veo a Armida despojada de todas sus zalamerías».

Pero incluso de esta aniquilación (« ¿Me habré convertido en la nada, en una nada absoluta?»), Tasso logra todavía reponerse, y bajo el estímulo de las palabras de An­tonio, que ahora personifica la sensata amistad, recobra poco a poco la conciencia de su dignidad y de su destino. Y una vez más, surge la poesía por encima de la desolación del mundo en ruinas, para trans­figurar en el canto el dolor y las lágrimas: «Y si el hombre, en su angustia, enmudece, a mí un Dios me ha permitido expresar cuanto sufro». La poesía vuelve a sellar así, con su plácido beso, el triste drama de este personaje, fundiendo en el melancólico y nostálgico final los dos motivos básicos de la tragedia que convergen en una ar­mónica unidad: la misma ley (la conve­niencia social) impone sus límites al anhelo amoroso y al profundo afán de libertad de Tasso.

La catarsis en que se resuelven ambas renuncias está sugerida por un con­cepto helénico: la amistad viril, el «eros», pleno y absoluto, trasciende al amor en su específica expresión sexual. El personaje se aureola de un nimbo de clasicismo, de aquel clasicismo goethiano que no es formalismo exterior, sino interior necesidad de mesura y de armonía, entendidas como pudor esté­tico que voluntariamente se reprime, ne­gándose a toda exuberancia emotiva y ex­presiva.

G. Necco