[Tōbiyyāhū]. La Biblia (v.), en el libro deuterocanónico de Tobías (v.), nos presenta a dos personajes legendarios de este nombre: Tobías padre (Tobit) y Tobías hijo, pertenecientes a la tribu de Neftalí.
Su historia es uno de aquellos pequeños monumentos, como las historias de Job (v.), Daniel (v.) o Ester (v.), que flanquean el gran camino ininterrumpido de Israel, indicando desde lejos, en alguna tierra de exilio, la presencia divina. Es un relato completo y aislado, sin vínculos espirituales con la realidad política de las doce tribus. Tobías era uno de los «hijos de la Golah», esto es, un israelita deportado a Nínive por los asirios; lejos del Templo y del culto, su único culto eran las obras de misericordia, especialmente la de enterrar a los muertos.
Sus correligionarios que habían caído víctimas de las persecuciones yacían por los caminos, y él’ recogía sus despojos para restituirlos a la tierra, despreciando fatigas y peligros. Un día, mientras descansaba a la puerta de su casa, una golondrina dejó caer su fiemo sobre sus ojos y Tobías quedó ciego. En este punto empieza propiamente su aventura, que viene a ser como un segundo libro de Job, pero sin problemas éticos y sin Demonio, aunque análoga a aquél por la tribulación del justo y por el inesperado milagro que le pone fin- Esta vez no se trata de infierno ni de paraíso, sino de tierra y ángeles. El ángel es Rafael (v.), que en forma humana acompaña a Tobías el joven en un largo viaje de cuatro años, desde Nínive a Media, para cobrar un antiguo préstamo.
El padre aguarda, sumido en las tinieblas y atormentado como Job por los reproches de su mujer y de sus amigos. Tobías el joven vuelve finalmente con tres tesoros: los talentos, recobrados gracias al ángel; la hiel de un temible pez que había pretendido devorarle en el Tigris, y una esposa, su prima Sara, que vivía en Ecbatana. Sara había sido atormentada por el diablo Asmodeo, el cual había dado sucesivamente muerte a sus siete maridos en la misma noche de bodas: Rafael, médico divino, había relegado el espíritu inmundo al desierto egipcio, en la Tebaida, y, como sacerdote de Dios, había unido a ambos jóvenes. Habían marchado dos y regresado tres: «Entonces se adelantó el perro, que había hecho el viaje con ellos, y precediéndolos como un mensajero, daba muestras de alegría meneando la cola. Y el padre ciego, levantándose, empezó a tropezar al intentar correr, hasta que dando la mano a un muchacho, pudo salir al encuentro de su hijo».
Tobías el joven obedeció a las palabras del ángel: «Esparce sobre sus ojos la hiel del pez que llevas contigo, y sabe que de repente sus ojos se abrirán, y tu padre verá la luz del cielo, y gozará mirándote». Tobías abrió los ojos sobre una escena de prodigio: en medio de ellos el Arcángel, manifestándose en toda su gloria, hablaba de los cielos y de los siete ministros de Dios: «cuando orabas con tantas lágrimas, y enterrabas a los muertos, y dejabas la comida para recogerlos y los ocultabas de día en tu casa para enterrarlos por la noche, yo elevé tus plegarias al Señor. Y porque eras acepto a Dios, fue necesario que la tentación te probase». La aventura se cierra en esta escena que se diría pintada por el Beato Angélico: la humilde familia «postrada y humillando el rostro hasta el suelo durante tres horas, bendiciendo a Dios» y el Arcángel que, con el saludo de los resucitados: «La paz sea con vosotros, no temáis», desaparece de su presencia.
Tobías murió a los ciento dos años, y como los antiguos patriarcas, profetizó en la hora de su muerte: «Pronto llegará el fin de Nínive, pues la palabra de Dios no es vana; y nuestros hermanos que fueron dispersados de la tierra de Israel volverán a ella… Ahora, hijos míos, no os quedéis aquí… marchaos; veo que la iniquidad prepara la ruina». Se acercaba el año 612 a. de C. y la jornada de los persas, de Ciro, de Zorobabel (v.) y de Nehemías (v.), del nuevo Imperio y del nuevo Templo. Así el relato de Tobías se amplía en una visión de Daniel, y sus colores trecentistas, como de una pintura o de una página de prosa italiana, se encienden de sabiduría hebrea, bajo aquel signo de Job que constituye el ejemplo y la profunda realidad de la fábula: «El Señor permitió que les asaltase esta tentación, para que se ofreciera a la posteridad el ejemplo de su paciencia, como el de la del santo Job».
P. De Eenedetti

