Tío Pedro

[Zio Piero]. Nombre familiar de Pietro Ribera, personaje principal de la novela Pequeño mundo antiguo (v.), de Antonio Fogazzaro (1842-1911).

En él se retrata a un tío materno del novelista. En su calidad de tío de Luisa Rigey (v.), es el bienhechor de ésta y de Franco Maironi (v.), a quie­nes ofrece su casa de Oria, junto al lago de Lugano, y su dinero, a fin de que pue­dan casarse contra la voluntad de la abuela, de la que Franco depende económicamente. (Del mismo modo, los padres de Fogazzaro, cuyo matrimonio había suscitado oposicio­nes familiares, hallaron un protector en el ingeniero Pietro Barrera, hermano de la que después fue madre del novelista). Y, entre tantos personajes magistrales por quienes Fogazzaro siente simpatía, Zio Pie­ro es el más humanamente simpático y el mejor logrado desde el punto de vista artístico. Es un caballero con mucho sentido común, generoso sin segundas intenciones, jovial y alegre. Actúa de testigo en el ma­trimonio secreto de su sobrina, pero en lo íntimo de su ser semejante papel no le agrada: «El hombre honrado, lo que hace lo declara aunque sea al Papa».

Ayuda a los novios, pero procura evitar su gratitud. Adora a la niña de aquéllos a quien aplica el diminutivo de Ombretta (v.), le canta canciones y juega con ella como un mucha­cho. Es el equilibrio en persona. Destituido de su cargo de ingeniero imperial y real a consecuencia de las intrigas de la abuela de Franco, que quiere hacer sufrir hambre a éste y a su familia, anuncia su cese a Franco y a Luisa sin el menor lamento ni una sola protesta, y contrapesando en los siguientes términos la tendencia que aqué­llos tienen a dramatizar el asunto: «Mien­tras tanto — dice — abrid mi bolsa y en­contraréis diez albóndigas que la señora Carolina dell’Angria se ha empeñado en darme. Ya veis que las cosas no andan demasiado mal». Es el tipo del hombre que hace el bien en este mundo sin pensar en el otro. Pero también para él llega un día la lección del dolor.

Cuando Luisa quiere encerrarse en el exclusivo recuerdo de su niña muerta y casi se niega a encontrarse con Franco que, desde el Piamonte, le so­licitaba, en vísperas de los acontecimientos de 1859, una entrevista en la Isola Bella, junto al Lago Mayor, antes de marchar, Zio Piero echa de esta forma sus cuentas con lo sobrenatural: «Cuando te veo per­der, por así decirlo, el buen sentido y aun el sentido común, no puedo por menos de hacerte reflexionar que si uno se vuelve de espaldas a Dios, sólo sale perdiendo». Tras haber logrado reconciliar a Luisa y Franco, muere de un síncope en la Isola Bella tras haber oído misa y haberse santi­guado con una gran cruz en la última ben­dición y haber dicho jovialmente, al salir de la iglesia: «Heme aquí feliz y con­tento de haber ido a hacerme bendecir». En realidad, Zio Piero no tenía preocupaciones religiosas en el sentido de curiosidad inte­lectual, como las tenía Luisa, y meneaba la cabeza con una sombra de desaprobación ante el ocio contemplativo de Franco.

Con su «modesto vientre pacífico» y su «sereni­dad de filósofo» y de «antiguo hombre jus­to», aceptaba la vida tal cual era: cumplía con su trabajo y dormía según su sueño aunque hubiera motivo para perder la pa­ciencia. Personaje soberbiamente caracte­rizado y digno de entrar en la tradición como prototipo de todos los hombres de su cuño, puede decirse que gracias a él el humorismo de Fogazzaro se convirtió de exterior en interior, saliendo a nuestro encuentro como expresión perfecta del tem­peramento de un personaje.

P. Nardi