Tío Lucas

Astuto y hábil, pero honra­do, con aquella honradez que no es obs­táculo para los negocios, ingenuo y primi­tivo cuando el sentimiento puede dominar por sí solo, y tan simpático a los hombres como a las mujeres a pesar de su fealdad, tío Lucas — el molinero de El sombrero de tres picos (v.), de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) — es decididamente un hombre afortunado.

Sus asuntos marchan viento en popa: Frasquita (v.) es una es­posa fiel y encantadora, las autoridades del pueblo le protegen y todo el mundo le aprecia y aun le tiene un poquitín de en­vidia. Ha sabido ganarse las simpatías de quienes más podían favorecerle, gracias a un sexto sentido sin el cual sus demás dotes quizá le hubieran sido inútiles. Tío Lucas posee un gran sentido del equilibrio y sabe cuándo se puede pedir y cuándo conviene ofrecer, cuándo es útil la per­suasión y cuándo la actitud enérgica, cuán­do hay que seguir adelante y cuándo es mejor detenerse; pero sobre todo sabe ar­monizar los medios y los fines, sin abusar de unos ni de otros.

Con un poco menos de sensibilidad, Lucas rozaría, si no exac­tamente el código penal, por lo menos los límites de las conveniencias y de la moral ordinaria. Los encantos de Frasquita son indudablemente el mejor reclamo de su negocio, pero es evidente que con gran facilidad podrían convertirse en un espe­juelo de moralidad dudosa para ciertas alondras de alto rango. Ello no ocurre, a pesar de todo, precisamente gracias al fa­moso sentido de equilibrio a que antes alu­díamos. Efecto de este sentido es la feli­cidad conyugal de Lucas y Frasquita, y felicidad y equilibrio nacen de una per­fecta tranquilidad de espíritu. Por ello bas­ta que el Corregidor (v.), don Juan ya en­trado en años, rompa siquiera sea por un instante la apariencia de serenidad del ambiente, para que Lucas pierda su punto de apoyo y bordee la más descomunal ton­tería. ¿Conque Frasquita le engaña con el Corregidor? Pues bien, él, Lucas, disfrazado de Corregidor, llegará hasta el lecho de la Corregidora.

Frasquita es la clave de bó­veda de su existencia y si ella se hunde, todo se derrumba. Pero la intervención de elementos externos restituye a Lucas su equilibrio, dándole quizás una solidez que antes no tenía por falta de posibles reactivos. Y la breve aventura que se ini­ciara en tono boccacciesco, acaba con el triunfo de la moral y con una evolución psicológica natural y artísticamente justi­ficada. El equilibrio íntimo de Lucas se estabiliza, y las palabras del excelente obis­po que recomiendan mayor prudencia no son en el fondo sino una exhortación a ese mayor equilibrio y por ende la conclusión más lógica del episodio.

R. Richard