Teresa Panza

La mujer de Sancho Panza (v.) en El Quijote (v.) sigue el cre­cimiento en importancia de su marido a través del desarrollo del libro.

Las pri­meras veces que Sancho la menciona, ella ocupa tan escasa parte en las previsiones del autor, que su nombre aparece cambian­te y variable por pura distracción: en el segundo volumen de la obra, su nombre queda en claro, como Teresa Panza, «née» Cascajo, y su personalidad es ya rotunda, humanísima y sabia: el diálogo (capítulo V) en que trata de disuadir a su marido de una nueva salida con don Quijote (v.) es una obra maestra. A ella no la convencen las promesas de don Quijote, y mucho me­nos la perspectiva de ver a su marido he­cho un día rey de tierras lejanas. Por eso, traduciendo al contado tan vagos sueños, convence a Sancho, una vez visto que es inevitable su salida, de que pida a don Quijote sueldo fijo de escudero.

Después queda Teresa Panza en la aldea, aguardan­do el fin de las aventuras, pero la broma de los duques le permite inesperadamente te­ner noticias de su marido: un paje llega de Aragón para traerle regalos y cartas que demuestran la subida de Sancho Pan­za al poder. Ella no lo creería en absoluto si no fuera por los regalos: las dos cartas que manda escribir en su júbilo, de res­puesta a la duquesa y a Sancho, son las mejores cartas de toda la obra de Cervantes, en especial la dirigida a su marido: es la comadre de pueblo, astuta pero exu­berante, vivaz en su charla, que después de celebrar el triunfo de Sancho encuentra tiempo para hacer, en media página, una perfecta crónica de la vida de la aldea en todo el tiempo de la ausencia de San­cho: «Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor de mala mano…», hasta terminar: «La fuente de la plaza se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas».

Así, esta pueblerina refrenda el vigor de realidad que Sancho Panza adquiere, especialmente en la segunda parte de la obra, ya en plano de absoluta igualdad con la figura de don Quijote, y haciendo palidecer los mundos de los aristócratas burladores y de los hombres sabios del pueblo — Cura, Barbero, Bachiller—, en cuya estupefacción ella se complace mostrándoles la realidad del sue­ño de Sancho y su amo, después de no haber creído jamás en él.

J. M.a Valverde