[Teresa la Ben Plantada]. Protagonista de la novela La Bien Plantada (v.), de Xénius (pseudónimo de Eugenio d’Ors, 1882-1954), es la figura a la vez simbólica y real de una muchacha catalana en la que se encierra todo un paisaje espiritual y todas las virtudes de una tradición y de una raza.
A la manera dantesca de la Vida nueva (v.), d’Ors cristaliza alrededor de esa figura su pensamiento filosófico y su estética, sin rehuir por ello la máxima precisión descriptiva. Todo en ella es armonía : las costumbres familiares, el culto al hogar milenario, el lenguaje, las inflexiones de la voz, el ademán y el aire. Una muchacha llena de equilibrio y de dulzura, en la cual el autor sintetiza el carácter y la elegancia de la cultura mediterránea. D’Ors nos describe, con medidas exactas, las proporciones del cuerpo de Teresa y su manera de vestir, la claridad de sus ojos y el poder de atracción que ejerce su hermosura. La Bien Plantada es comparada a una serie de cosas de su mundo circundante y surgen así unas imágenes y alegorías que empiezan por moverse en un plano de lirismo para cobrar inmediatamente altura intelectual, ya sea en el orden cultural, histórico o filosófico.
El símbolo más claro de Teresa y del que el autor ha tomado su calificativo es el árbol: «El símbolo de la Bien Plantada es un árbol. ¿No decimos de un árbol que está bien plantado cuando tiene las raíces muy ahincadas en su propia tierra? Sí, pero fijaos que las ramas son otras raíces, unas raíces superiores. Por las raíces bajas el árbol está bien plantado en la tierra. Por las raíces altas está bien plantado en el aire y el cielo». Ahora bien, las cualidades que concurren en esta muchacha ejercen un efecto, su hermosura ejerce una «puixanga» (palabra que viene más o menos a significar poder y eficacia a la vez) sobre su pequeño mundo: la casa, sus hermanas y amigas, el pueblo de veraneo.
Y esta «puixanga» se ejerce mediante el orden, creando rito y armonía a su alrededor, poniendo orden a la realidad circundante, separando la luz de la tiniebla y el orden del desorden, lo tumultuoso de lo sereno. Además, su acción la ejerce con toda naturalidad: «La podríamos esperar cerca del mar y la veríamos aparecer entre el mar y las casas y la línea de la tierra y las cercanas colinas, entre los baños familiares y las pequeñas tiendas, entre las casas de campo y las tartanas, entre los oficios y los cultivos, entre los cipreses y los naranjos, entre los grupos de comadres y los niños que juegan y los hombres que descansan fumando con la mirada fija en el horizonte. La veríamos aparecer en medio de todas estas cosas humildes, armoniosas y esenciales, vinculada a ellas, fiel a su ley de simplicidad y de silencio, humilde, armoniosa y esencial como ellas.» Esta total adaptación de Teresa al paisaje y a la vida catalana se explica porque es ella un prototipo o personificación de la Tradición, que según el concepto de d’Ors permite conciliar el dilema entre lo histórico y lo eterno.
En la figura de Teresa, pues, la historia se hace presente, sus valores actúan con plenitud de eficacia y se tornan perennes. Ella obedece a la misma ley que determinó las glorias culturales del pasado catalán y que ha determinado su «Renaixenga». El valor de Teresa como símbolo se ha ensanchado desde el pequeño pueblo de veraneo y desde sus relaciones más simples por la ley universal que la rige y que en ella gravita, al campo de la Historia y de la Cultura y por ello puede, al final del libro, dictar un programa eticocultural de valor y aplicación universales; por su boca definirá d’Ors los puntos básicos del Novecentismo (v.). La pequeña trama argumental de la obra va siguiendo en medio de todas estas consideraciones, sobre todo al descubrir la aparición del novio de Teresa. Con ello Teresa no hace más que seguir y obedecer la ley de la raza.
A Teresa contrapone d’Ors una serie de figuras femeninas, de prototipos de mujeres, algunas de las cuales siguen también la ley de la vida a su manera o se contraponen a la Bien Plantada: la chica que baila representa la mujer dominada por el Destino, en el sentido más turbulento que pueda tener esta palabra; la «masovera» rolliza es más bien la mujer absolutamente normal, como en otro plano lo es también la chica rubia; la muchacha frívola, la parienta de funeral y Magdalena (en quien a pesar suyo no rige la mesura, sino el exceso) son tipos complementarios de Teresa. En los jardines de la villa de Hipólito de Este tiene efecto la aparición de la Bien Plantada al glosador, convertida ya totalmente en figura alegórica, y le dicta el programa del Novecentismo: Clasicismo frente a Romanticismo; ideal frente a naturaleza; la armonía contra el mal gusto; el ritmo contra la turbulencia; la forma acabada (La-Obra- Bien-Hecha) contra la improvisación; la ironía contra los apasionamientos; la elegancia contra el desorden; la inspiración contra la continuidad; contra el arrebato, en suma, el trabajo constante y cotidiano, mucho más fructífero y eficaz.
Todo un programa, en fin, de superación del Romanticismo agonizante ya, pero que en Cataluña tenía todavía partidarios que lo entendían como parte esencial de nuestra tradición. La figura de Teresa la Bien Plantada es la mejor realización plástica del pensamiento filosófico dorsiano. El método de Eugenio d’Ors procede siempre de la misma manera: de la intuición sensible a la intelectualización. Tiene que partir de una visión plasticointelectual, de la «idea- forma», como la llamaba él. Para d’Ors filosofar era «pensar con los ojos» y la «evidencia» para él era «videncia». Por tanto, el instrumento que permite captar la realidad es la inteligencia figurativa. Esto es lo que nos permite explicarnos que se unan en Teresa unas características de gran relieve plástico y a la vez de tan profunda abstracción.
G. Díaz-Plaja y A. Comas

