La Señorita de Maupin, Théophile Gautier

[Mademoiselle de Maupin]. Novela de Théophile Gautier (1811-1872). En ella el joven autor (el libro es de 1835-36), inspirado en la vida novelesca de una cantante francesa de fi­nes del siglo XVII, dio libre curso a su romanticismo pintoresco y truculento, complaciéndose en su alegre desafío a la mo­ral burguesa.

Un largo prefacio progra­mático, que se ha hecho célebre por su brío, brillante de ingenio y de alegre malicia, aunque algo insistente, expone en forma polémica las ideas del autor, hace burla de la crítica moralista y reivindica para el arte los derechos de la plena autonomía. Si­gue la novela, que es principalmente un lar­go relato, casi todo en forma epistolar. Magdalena de Maupin, que ha quedado sola en el mundo y es bastante rica, llena de ideas novelescas, de energía y de valor vi­ril, trata de aprovecharse de su extrema juventud y de su natural destreza física para disfrazarse de hombre, resuelta a no entregarse al amor del sexo fuerte antes de conocer la verdadera vida de los hom­bres y su manera de considerar a las mu­jeres. Los primeros descubrimientos en di­cho campo la llenan de horror y le quitan toda ilusión sentimental. Pronto, sin em­bargo, se aficiona a su disfraz y se lanza alegremente al torbellino de la vida ociosa, galante y viciosa.

Después de diversas aven­turas bastante curiosas (le sucede que se enamora de ella la hermana de un amigo suyo y se ha de batir con él, pues natural­mente se ha negado al matrimonio), acaba hallándose en un castillo entre el amor de la tenaz Rosita (siempre persuadida de que se trata de un hombre) y la violenta pasión que el joven y sentimental Alberto siente por ella, pues sospecha que es una mujer. Acaba entregándose al joven y desapare­ce hacia nuevas aventuras, no sin haber tratado de consolar en cierto modo. a la desesperada Rosita. Rica en digresiones moralistas, nutrida con viva psicología y lujuriantes descripciones, la novela, con sus episodios numerosos y a menudo incoheren­tes, es una especie de manifiesto batallador del multiforme y tumultuoso Romanticismo francés de la primera generación. Gautier, apasionado lector y agudo estudioso de los «grotescos» del siglo XVII (así como de la literatura libertina del 1700), busca evi­dentemente en ellos más de una base y, sobre todo, los modelos de un arte narra­tivo pintoresco y despreocupado, enemigo tanto de la tradición clásica como de las conveniencias sociales; de ahí su típico in- moralismo, alegre, irreverente y revolucio­nario: sin sombra de perversión, pero di­vertido con sus propias enormidades, diri­gidas a suscitar el escándalo en el ánimo del timorato lector, lo cual es una ambición típicamente romántica.

Gautier añade a ello la tendencia a jugar con el sentimen­talismo y se orienta más bien hacia un re­finado estetismo paganizante, que hará que, más tarde, sea saludado como maestro y precursor por los parnasianos. Todo ello vive en esta extraña novela gracias al ex­traordinario brío y a la excepcional habi­lidad estilística que son las mejores cuali­dades del libro, pese a estar viciadas por una facilidad de aficionado.

M. Bonfantini

Gautier siente el amor exclusivo por lo bello con todas sus subdivisiones, expre­sado en el lenguaje más apropiado. (Baudelaire)

Es un genio limitado, absolutamente ori­ginal y de primer orden en el ámbito de sus posibilidades. Ni lírico ni orador, tiene la inspiración limitada, la invención po­bre, ninguna sensibilidad,< e inteligencia me­diocre. Las ideas se le escapan. (Lanson)

Es un lugar común decir que el estilo de Gautier es un estilo de pintor. Pero esta definición indica tanto un límite como una cualidad. Con derecho pasa Gautier como el escritor romántico que, después de Víctor Hugo, conoce mejor la lengua y la sabe usar con la más impecable seguridad. Pero dicha seguridad puede considerarse también facilidad, facilidad de la que abusa cuan­do entra en la descripción, en una repro­ducción que no es creadora, asumiendo las funciones, como dice él mismo, de un buen daguerrotipo literario. Estilista, poeta, no­velista, viajero, es siempre en el campo de la creación donde encuentra su límite. (Thibaudet)