[Tamburlaine]. Protagonista del poema de su nombre (v.), de Christopher Marlowe (1564-1593), es uno de aquellos seres que el destino envía de vez en cuando al mundo, para llevarle la destrucción y la muerte, como si quisiera sacudir la tierra y recordarle que la vida es dolor.
Es uno de aquellos hombres sedientos de dominio, pero en el fondo esclavos de la fuerza destructora que los expresa y que sólo les concede una breve jornada de gloria. Mísero pastor escita, Tamerlán siente en sí ese impulso de subvertir el orden del mundo, para imponer otro que no es más que su misma pasión. Como si quisiera impregnar de sí al mundo, creándolo a su imagen y semejanza y haciendo coincidir su existencia particular con la existencia universal. No busca riquezas, y abandona las coronas reales como premio y presa a sus satélites, para seguir adelante, arrebatando nuevos objetivos para su voluntad de poder.
Enloquecido por el afán de dominio, desconoce toda otra pasión: ignora la incertidumbre de las batallas, el pensamiento de la muerte, el remordimiento, la compasión y los afectos. Su mismo amor por Zenócrata no es más que el atónito asombro y el atormentado deseo de un bárbaro ante una belleza inasequible. La pena de amor es para él un sentimiento casi incomprensible, y en el árido abismo de su egolatría se siente desconcertado ante aquella angustia hasta entonces ignorada: Zenócrata se convierte de pronto en símbolo de atributos inalcanzables y expresión de todo cuanto su ciego ímpetu no puede lograr.
El sentido de sus límites le obliga a una primera confesión de cansancio. El sufrimiento le hace humano. Se da cuenta de que no puede impedir que la muerte le arrebate a Zenócrata, ni puede dar realidad a todos sus deseos. Una fuerza más poderosa, o quizás una debilidad nacida con él, se le opone, y muy pronto, a pesar de su voluntad y de su orgullo, de su firmeza y de su crueldad, ahora exasperados, será derribado. Y no logramos comprender si sucumbe ante el ciego mecanismo de los acontecimientos o si sufre el castigo de su pecado de orgullo.
N. D’Agostino

