Tamara

Personaje del .breve poema lí­rico El demonio (v.), de Miguel Lermontov (Michajl Jur’evič Lermontov, 1814-1841). Tamara es una bellísima princesa georgiana de la que se enamora el ángel caído, can­sado de su orgullosa soledad, desesperado y triste con una profunda y eterna tristeza.

El puro amor de la joven debería permitir al Demonio un renacimiento espiritual. Y la representación del gradual enamoramien­to de Tamara constituye precisamente el elemento narrativo de esa obra maestra. Aun a través de la ión román­tica perdura la consistencia humana de la joven que cede a los embates de la pasión. Su figura no puede ser más poética, no tan­to por sus rasgos externos como por la historia de sus sentimientos, desde sus pri­meras angustias hasta la embriaguez mor­tal.

El espíritu maligno aparece a cada ins­tante con una ineluctable fantasía y tristes ensueños a atormentarla en la silenciosa noche, y una indecible turbación se apo­dera del pecho de Tamara. Incluso en el monasterio siguen sus torturas: abrumada por la idea del pecado, su alma no logra jamás el puro éxtasis. Acongojada y tré­mula, Tamara aguarda la noche y las tier­nas palabras que la acariciarán. La lan­guidez se convierte en febril deseo. En ella luchan el miedo y el amor, pero en su melancólica y lenta disolución late ya el deseo de ceder. El Demonio la seduce con sus hechiceras palabras, prometiéndole un amor eterno y no terrenal y el soberbio dominio del saber y de la Naturaleza. Pero su beso es mortal, y en el postrer grito de Tamara se percibe a la vez la embria­guez del amor y el sufrimiento, el adiós a la vida y a la juventud.

Pero esto no significa la redención del Réprobo: ha abusado demasiado de la pureza e inocen­cia de la joven y el amor, que para él no es más que sensual deseo, no puede sal­varle. Tamara, en cambio, sí se salva y es llevada al cielo, por cuanto el paraíso es de los humildes, pero el Demonio vuelve a caer en su tenebrosa soledad. Para él el amor de una muchacha mortal significaba no sólo el calor del sentimiento, sino el abandono de la soberbia y la posibilidad de la plegaria. Así Tamara representa la femineidad que es capaz de dominar el es­píritu maligno con su ilimitado saber y de humillar su orgullo. Para la desespe­rada soledad del hombre no hay más posi­bilidad de redención que el amor por una mujer, aunque se trate de un amor inase­quible como lo fue prácticamente para el poeta romántico. Tamara viene a ser, pues, una de las personificaciones de aquel eterno femenino que constituía la única y por lo demás inalcanzable redención.

A. K. Villa