[it. Sordello]. Dante admiró a Sordello (12009-1269?) por la altivez de su poesía política, y por ello le convirtió en una especie de símbolo y de personificación altanera y solemne del amor patrio.
Entre las obras de ese poeta italiano en lengua provenzal era famoso el Planto por la muerte de Blacatz (v.), donde invitaba a los varones a alimentarse con el corazón de aquel paladín, o sea a seguir sus gloriosas huellas; y a ello se debe que Dante en su «Purgatorio», canto VII, erija a Sordello en severo juez de los príncipes contemporáneos. Sobre un fondo de soledad y de silencio, en una luz de ocaso, se perfila la figura solitaria de Sordello. Y con la entrada exabrupta: «Ma vedi la…» («pero mira allí»), Dante da súbitamente vida a la escena. Luego, progresivamente, la solemnidad crece: Sordello permanece apartado (alma «sola soletta»; «altera e disdegnosa»; «tutta in sé romita» [«toda en sí recogida»]), sin dar señal de extrañeza ni decir palabra, y limitándose a mirar «a guisa de león cuando reposa»; pero al oír el nombre de su tierra natal, se pone en pie; sigue el abrazo de los dos conciudadanos, y finalmente la invectiva.
En el salto desde la inmovilidad al abrazo y al estallido: «Ahi serva Italia…» («¡Ah, Italia esclava!»), culmina el retrato de Sordello. Sordello se halla por entero en estos pocos tercetos y gracias a ellos queda grabado para siempre en la mente del lector. Luego «baja de su pedestal, o sea abandona su primera actitud poética para acompañar, como tranquilo guía, a los viajeros y darles informaciones, convirtiéndose simplemente, al cambiar de estilo, en «el buen Sordello», que a la vez sirve de apoyo y de instrumento al poeta para dos efusiones políticas: la invectiva a Italia y el juicio sobre los príncipes contemporáneos de Italia y de Europa» (B. Croce). La invectiva a Italia surge de improviso y es una verdadera digresión: Dante declama toda una pieza oratoria; su larga y amarga conclusión denota el origen sentimental y no lírico de la página: la situación política de Florencia que ha costado a Dante el destierro. Indudablemente, es mucha la luz que proyecta aquella «sombra toda en sí recogida» sobre la contrapuesta imagen inmensa y gemebunda de Italia lacerada por las facciones y sin guía; pero aun así, la invectiva sigue siendo una página elaborada según las normas de la oratoria.
Naturalmente hay en ella un fuerte acento personal, pero no está contenido ni organizado en el conjunto de la figuración. Dante, o mejor dicho su autobiografía, ocupa demasiado de prisa y por demasiado tiempo el lugar del personaje de Sordello: por así decirlo, la autobiografía fuerza la mano al poeta. En realidad, la figura poética de Sordello está en su mirada, en su inmovilidad, en su silencio : ahora, cuanto en los dos cantos siguientes participa con Dante y Virgilio en la acción, su motivo poético queda parcialmente olvidado: el Sordello del canto VI, aquella momentánea personificación del sentimiento político de Dante ha desaparecido para integrarse en el grupo de los admiradores de Virgilio, y después en el de los guías secundarios. Existe, pues, una imperfecta fusión de varios elementos: la línea del personaje no domina hasta el fondo ni posee una verdadera coherencia psicológica. En conjunto, el carácter de Sordello da la impresión de ser una creación artística menos rica en poesía que muchas otras.
P. Baldelli

