Los Soñadores

[Phantasterne]. Con esta denominación, que luego se hizo pro­verbial, el escritor danés Hans Egede Schack (1820-1859) caracteriza los tres protagonis­tas de su lograda novela de este nombre, que al principio había pensado titular Los modernos Quijotes.

La fantasía, elevada ya por el romántico Oehlenschläger a reina de la poesía en Aladino (v.), aparece aquí contemplada aún en sus aspectos negativos con los ojos de un postromántico, casi te­meroso de su fuerza. Con demasiada fre­cuencia se ha subrayado, por parte de crí­ticos no daneses, cuanto de típicamente dinamarqués hay en la actitud de los perso­najes y especialmente en el vínculo de comprensión e ironía que los enlaza a su creador. Conrado, Cristián y Tomás, habi­tuados desde la infancia a abstraerse del mundo real para considerarse protagonistas de las aventuras más extraordinarias, se desenvuelven y viven su vida en razón de sus sueños, con efectos ora positivos, ora negativos. «El soñador — dice Schack, efec­tivamente— actúa a través de la fantasía cual los demás a través de acciones y acon­tecimientos».

Así, Cristián, extremadamente nórdico en su negativa a deslindar la rea­lidad del sueño, tiene un trágico fin: per­dido gradualmente cualquier interés por la vida (no sabe ver las bellezas de la natu­raleza, sólo admira una obra de arte si puede imaginarse autor o propietario de ella y únicamente experimenta placer al bailar con una muchacha si puede pensar que se trata de una princesa), acaba en un manicomio, pobre figura tragicómica en su locura. Mejor suerte conoce Tomás, posee­dor de una sólida lógica campesina, por cuanto saca de las fantasías de sus dos amigos el primer impulso para tratar de elevarse en la sociedad hasta alcanzar una posición igual a la de sus sueños de mu­chacho — por otra parte bastante razona­bles —> La figura de Conrado, a la que Schack ha comunicado tantos rasgos pro­pios, es más torturada y menos esquemá­tica; tiene demasiada fantasía para poderse limitar, como Tomás, a sueños realizables, y una autocrítica excesivamente pronta para dejarse llevar por aquélla, como Cris­tián; aun cuando al principio de sus estu­dios universitarios se sirva de la fantasía para superar la timidez (consigue pasar el examen de griego imaginando ser Home­ro, etc.) y para hallar un aspecto divertido aun en las cosas molestas, luego, de no ha­ber sido transportado nuevamente a la rea­lidad por el miedo a la muerte, hubiera per­dido definitivamente el juicio y la salud en un mundo de sueños eróticos y de morbosas fantasías.

Si bien en un momento de des­consuelo ruegue al Dios Verdad que le salve del engaño, halla luego la paz de su espíritu en un ambiente más modesto de bur­guesa realidad cotidiana, hasta que su amor por una sentimental y enérgica princesita desterrada le devuelve el mínimo de aban­dono necesario a cualquier individuo para conservar su propio carácter humano. La figura de Cornado no es, como la de los otros dos «soñadores», la demostración de una tesis, sino, como se ha dicho, la neu­tralización de los demás complejos proble­mas de la psicología del autor.

A. Manghi