Es el protagonista del libro italiano que en su época tuvo casi tanto éxito como Los novios (v.): Mis prisiones (v.). Un profundo espíritu cristiano informa la obra entera, y todo cuanto en ella se relata — el oprobio de la prisión, la crueldad de los interrogatorios y del veredicto, la proclamación de la pena de muerte en la plaza de San Marcos y el lento consumirse en el Spielberg — ha pasado por la criba de aquella mentalidad religiosa e indulgente, que hizo de aquella obra la más terrible requisitoria contra Austria y la más irrefutable condenación del gobierno imperial austríaco.
Silvio entra en la cárcel a los treinta años, casi inmediatamente después del triunfo de su Francesca da Rimini (v.). Desde el primer momento tiene la sensación de que, como «carbonario» y conspirador contra el yugo austríaco, no saldrá con vida de aquellos muros. Las angustias y terrores de la condena que le amenaza, las noches de insomnio y de pesadilla, el tremendo dolor que sufre pensando en sus padres y en las bellas cosas perdidas, palpitan bajo su pluma, con una verdad alucinante. El Spielberg — después de la conmutación de la pena, el trato que allí se le da, igual al de los condenados de derecho común, los grilletes, los trabajos forzados, la escasa y pésima alimentación y las interminables noches sin luz — cae sobre el desdichado como la losa de una sepultura.
Todo cuanto los libros, la correspondencia con la familia, e incluso la misa y los sacramentos, podrían aliviarle, no sería más que desesperación para el desdichado recluso, si la vida no le sonriera a través de alguna forma de humana bondad y cortesía. Y del mismo modo que en Venecia fue la sonrisa de Zanze la que le devolvió a la vida, ahora es la compasión del carcelero Schiller (v.) o las palabras de Oroboni, o la compañía y la fraternidad de Piero Maroncelli. «Esperábamos amargos lamentos y leímos conmovedoras invitaciones a una serena calma, al amor y a la benevolencia». Así define Pushkin aquella obra inmortal. Pero el hombre que sale del presidio es un individuo acabado: quebrantada su salud se han quebrantado también sus esperanzas, sus rebeldías y sus indignaciones, cuando, en Viena, los policías le obligarán a ocultarse, junto con otros dos condenados, detrás de la multitud, para que el emperador al pasar en coche no se entristezca viendo su lamentable aspecto.
Luego vendrán los años de Turín, el crepúsculo en que la obra maestra desemboca. Elevado por encima de las contingencias humanas, de los odios como de los amores, de las esperanzas como de las des- … dichas, Silvio aguardará serenamente la muerte. Recuerdos del pasado, visitas de amigos, fulgurantes admiraciones y condenaciones violentas atravesarán como súbitas ráfagas aquella paz, que pronto volverá a imperar en él ante el supremo pensamiento de la fe y la esperanza del más allá.
B. Allason

