Protagonista de la novela El aventurero Simplex Simplicissimus (v.), de Hans Jakob Christoffel Grimmelshausen (16259-1676), puede decirse que está emparentado con el pícaro (v.) español, pero que, por lo mismo que su época fue mucho más turbulenta, hubo de pasar por aventuras a menudo dolorosas y crueles.
Un mismo espíritu anima a ambos representantes del sano y natural sentido común; Simplex, empero, ya desde su niñez, cuando «de hombre sólo tenía la forma» y «de cristiano sólo el nombre», se da cuenta de que su ingenuidad está protegida por el Altísimo y se entrega en las manos de Éste. Por ello no olvidará jamás la educación rígidamente religiosa que en su infancia recibiera de aquel ermitaño que es su propio padre, y que al final vendrá a salvarle, cuando el mundo malvado le habrá arrastrado a cometer toda clase de torpezas. Simplex vive en el período más cruel de la historia alemana, cuando todo el país, durante la guerra de los Treinta Años, no era más que rapiña, miseria y sangre, y entre terrores y atropellos no quedaba lugar para las virtudes y el heroísmo, sino que se debía estar continuamente dispuesto a sortear los peligros y a valerse de astucias y ardides no siempre de buena ley.
Por ello Simplex sale del paso como puede, sin andarse con excesivos reparos, especialmente desde el momento en que empieza a familiarizarse con el mundo perverso que le rodea. Pero aunque refiera sus aventuras con cierta fanfarronería, en el fondo no ha dejado de ser el muchacho ingenuo que, apenas entra en relación con los soldados de Hanau, la emprende a bofetones con uno, esperando que éste, como buen cristiano, le ofrecerá la otra mejilla, y en lugar de ello sólo recibe una tanda de palos. La lección le sirve, pero el problema de comportarse cristianamente le atormenta como un remordimiento, que a veces es rechazado con una blasfemia, y otras veces, cada vez más a menudo, reaparece apoyado en consideraciones de orden moral o religioso.
En efecto, la diferencia entre Simplex y el pícaro español consiste precisamente en la peculiaridad que uno de los dos posee, y el otro ignora en absoluto, de adquirir poco a poco — a través de las más tristes experiencias y aun de los más graves golpes— plena conciencia del bien y del mal, orientándose seguramente hacia una catarsis que le permitirá llegar a un ideal de vida mejor y finalmente a una perfecta beatitud. Hay, pues, en la aventura de Simplex una clara evolución de su carácter moral, que le asemeja a Parsifal (v.) o a Fausto (v.) y, en general a todos los héroes de los llamados en alemania «Bildungsromane», que representan una de las más importantes y significativas corrientes literarias del pensamiento de aquel país. Refugiado en un bosque, para escapar a las destrucciones de la guerra, Simplex lleva durante algún tiempo vida de ermitaño, y al final de su experiencia volverá a serlo, porque este triste mundo no le ofrece otra salida.
De «puro loco» se convierte en «sublime poeta», esto es, en hombre que sabe descubrir el más alto y puro canto del espíritu renovado, o sea el himno que une a la humanidad con Dios. Así, durante la calamitosa época en que vivió Grimmelshausen, Simplex debía de representar, en su pensamiento, la figura simbólica del redentor del templo, o sea de aquel que con el sacrificio material de su persona demuestra la necesidad y la fe en el renacimiento espiritual del hombre, señala a la humanidad «malvada e impía» el modo de rehabilitarse, y al mismo tiempo enseña al pueblo abyecto y malavenido el camino por donde podrá alcanzar una nueva grandeza. Para él, en su solitaria isla, sólo cabe un amigo: Dios, al lado de cuya gracia y providencia el hombre ya nada puede temer de ninguno de sus enemigos mundanales.
R. Bottacchiari

