Serrallonga

Joan Sala Serrallonga, famoso bandolero catalán del primer tercio del siglo XVII, convertido en una especie de héroe mítico por la literatura romántica, nació en Viladesau (Barcelona) a fines del siglo XVI o en los primeros años del siguiente— se ignora la fecha exacta — y fue ejecutado en Barcelona a mediados de ene­ro de 1634.

Joan Sala — tomó el apellido Se­rrallonga de su esposa, Margarida, al fijar su residencia en la casa que ésta poseía en Sant Martí de Caros, en las estribaciones del Montseny — protagoniza la fase más crítica del bandolerismo catalán, coinci­dente con la crisis que iba ensanchándose entre la monarquía de Felipe IV, gobernada por el conde-duque de Olivares, y las auto­ridades catalanas, que desembocaría en el alzamiento de 1640. La dialéctica interna del principado de Cataluña entre el ámbito pirenaico (la montaña) y los llanos lito­rales, que a su vez condicionaban dos for­mas de vida y dos mentalidades distintas: el mundo feudal y señorial, filofrancés, y el mundo burgués y artesano, mejor identificado con las esencias de la monar­quía hispánica, tuvo una plasmación cruenta en el bandolerismo, reflejo, hasta cierto punto, del paroxismo pasional de la socie­dad de la época.

Los defensores de los de­rechos señoriales fueron los bandoleros «nyerros»; los de los derechos de las ciu­dades, los «cadells». A los primeros perte­necía Serrallonga, quien a menudo encon­traba refugio y apoyo al otro lado de los Pirineos. El 19 de enero de 1634, el virrey de Cataluña, duque de Cardona, comunicó a Felipe IV la prisión y muerte de Serra­llonga en estos términos: «Cuando volví a servir a V. M. en este gobierno, entendí que Juan Sala Serrallonga se hallaba en el principado y que en los bosques de Caros, con sólo su amiga — Juana Macissa—, es­taba retirado, saliendo a hurtar a algunos. Y deseando perder a este ladrón y que quedase esta tierra libre de sus robos e insultos, envié a la veguería de Vich al doctor Miguel Juan Margarola, uno de los oidores de la tercera Sala de esta Audien­cia, para que procurase echarle de allí.

Dio tan buen cobro de ello, que le obligó a dejar los bosques de Caros y pasarse a los de Santa Coloma de Farners y Anglés; adonde un comisario, a quien encomendé en secreto su prisión, la ejecutó con la de su amiga, y a los dos trajeron a estas cárceles, y después de tomado su dicho y averiguados sus valedores, se condenó a muerte y el lunes pasado se ejecutó, con lo que queda esta provincia sin cabeza de cuadrilla». Imitando lo que había hecho Cervantes con Rocaguinarda (v.) y quizá también por el interés con que eran segui­dos en Castilla los acontecimientos de Cataluña— alzamiento de 1640 y complicaciones internacionales subsiguientes, en el marco de la guerra de los Treinta Años y de la pugna hispano-francesa—, tres autores dra­máticos, Antonio Coello, Francisco de Ro­jas y Luis Vélez de Guevara, llevaron a la escena la figura del bandolero Serrallonga: El catalán Serrallonga… (v.), escrito hacia 1650.

Como ya hemos apuntado, la trans­formación del Serrallonga salteador de ca­minos en héroe mítico debióse al romanti­cismo catalán. A comienzos del siglo XIX escribióse el cuadro dramático Lo bail d’en Serrallonga, de autor anónimo. Es declamable, bailable y cantable — Milá y Fontanals publicó la canción popular correspondien­te— y hay de él numerosas versiones. Su argumento está constituido por la apología de Serrallonga y miembros de su cuadrilla, y solía representarse por comparsas popu­lares en las fiestas mayores del Camp de Tarragona y pueblos de Urgell, Segarra, Vallès, Penedès y Ampurdà. La consolida­ción del mito Serrallonga debióse, princi­palmente, a Víctor Balaguer, quien en 1863 estrenó el drama Don Joan de Serrallonga y, al año siguiente, publicó una novela con el mismo título, que alcanzó tres edi­ciones.

Le siguió una segunda parte, que trata de la venganza que doña Joana Macissa y el Fadrí de Sau (amiga y colaborador, respectivamente, del bandolero) tomaron de los ejecutores de la sentencia de muerte de Serrallonga. Por lo que se refiere al citado drama, su éxito fue todavía mayor, ya que se representó durante medio siglo. El drama de Víctor Balaguer, adap­tado por Francesc Pujols, constituye el li­breto de la ópera, en tres actos, Don Joan de Serrallonga (1921), del insigne músico catalán Enric Morera.

J. Regla