Semíramis

La reina asi­ría Semíramis atraviesa la leyenda con su imagen reflejada en innumerables espejos, desde Herodoto hasta Ariosto y a Voltaire, sin encontrar jamás «su» autor.

Es una fi­gura errante en el horizonte de las tradi­ciones, de escasa autonomía interior ar­tística e histórica, porque ni el arte ni la historia la produjeron deliberadamente, pe­ro a pesar de todo fascinadora por este mismo origen anónimo. Hija de la diosa Atargatis, criada por dos palomas en el desierto donde había sido abandonada, edu­cada luego por un pastor, sube de pronto junto al trono del rey Niño y más tarde, al enviudar de éste, funda Babel y el im­perio asirio. Gobernó en nombre de su hijo Ninyas, combatió contra los hindúes, cons­truyó puentes, canales y jardines colgantes, y en la ardiente sombra de éstos, en medio del desierto o sobre el monte Bagistanon, parece que estalló la lujuria que todavía hoy va indisolublemente unida a su nom­bre.

Es tal vez un símbolo de aquella ci­vilización asiria que pareció a los griegos, con razón, gigantesca, bárbara y obscena, con sus inmensas ciudades, sus matanzas y su prostitución ritual. Semíramis es todo eso, en la admirable fuerza de su gobierno, en sus obras civiles y militares y en la matanza de sus amantes: «A vizio di lussuria fu si rotta, / Che libito fe’ licito in sua legge» [«Tanto se entregó al vicio de la lujuria / que en la ley de ésta justificó sus caprichos»]. Así, a través de una leyenda extranjera, un eco de aquel mundo desapa­recido desde hacía varios milenios llegó hasta Dante; y en el «Infierno» se halla también la antiquísima sombra de Semíra­mis. Su hijo había conspirado contra ella, y ella, después de perdonarle, se dio la muerte, bajando así al «Aralú», al infier­no, en medio de tanto afán y de tanto dolor.

Según otras leyendas, había huido por el aire transformada en paloma. El ave de Venus, que fue el ave de su vida, de su nacimiento y de su infancia, la absorbía así en su ser: demasiado blanca para con­vertirse en imagen suya, pero epílogo de blancura tras tanto fuego. Las historias asirias no la conocieron ni siquiera como mito: una reina sammuramat, viuda de samsiadad V, gobernó el imperio desde 809 a 806 a. de C. en nombre de su hijo menor Adad-Nirari III; y tal vez sobre este nú­cleo de la mujer que imperó en el país de la concupiscencia sagrada se estratificó la perla de la leyenda, como sustancia y subs­trato humano de los tres reflejos de Babel: la realeza, la carne y la violencia mortal. La figura de Semíramis reaparece transito­riamente en Ariosto, como mítico motivo de guerras y amores; y en Metastasio pali­dece hasta vivir de aquella apariencia ca­nora con que la Arcadia nutre a sus héroes, como piedras pulidas por un mar de can­tos.

Voltaire, en competencia con Crébillon, construye una Semíramis incestuosamente amante de su hijo, buscando en la fría y racional contaminación de los mitos aquel mundo fantástico que escapaba a sus ma­nos. Sólo Calderón de la Barca (1600-1681) volvió al corazón de la leyenda griega y asiria en La hija del aire (v.). Sobre la «hija del aire», o sea de las aéreas palo­mas, pesa la maldición de Diana por el pe­cado de su madre. El sacerdote Tiresias, para sustraerla a las iras divinas, la tiene encerrada en una cárcel, de donde Semí­ramis escapa, impulsada por un convulso anhelo de grandeza, subiendo de peldaño en peldaño y de ambición en ambición hasta el trágico cumplimiento del vaticinio inútilmente contrariado. Figura completa­mente barroca, pero por lo mismo vecina, o al menos no ajena, a aquel espíritu asirio que poseía la misma «grave lentitud» del fastuoso arte barroco.

P. De Benedetti