Santos Luzardo

Lo primero que no­tamos en este personaje, protagonista mas­culino de la novela del escritor venezo­lano Rómulo Gallegos (n. en 1884) Doña Bárbara (v.), es que se trata de un ser distinto al resto de los hombres y mujeres que se mueven y cobran vida en la gran novela; el mismo autor hace su retrato en contraste con «un tipo de razas inferiores, crueles y sombrías».

Luzardo representa al hombre civilizado que se enfrenta a la na­turaleza, el atraso, las supersticiones, el fanatismo, la barbarie, intentando vencer­los; su antagonista no es sólo doña Bárba­ra (v.), sino también Ño Pernalete, Mujiquita, el Brujeador, Lorenzo Barquero, Mr. Danger, la misma Marisela, en fin, cuanto participa de la vida de los llanos. Descen­diente del «Cunavichero», uno de los anti­guos señores de la sabana, Santos Luzardo vuelve, terminada su carrera, a la antigua estancia familiar, Altamira, dispuesto a venderla, pero ante la visión de la ruina física y moral del campo venezolano se decide por el descomunal combate, él solo contra todos: «ante el espectáculo de la llanura desierta pensó muchas cosas: me­terse en el hato a luchar contra los ene­migos, a defender sus propios derechos y también los ajenos, atropellados por los caciques de la llanura, puesto que doña Bárbara no era sino uno de tantos; a lu­char contra la Naturaleza, contra la insa­lubridad que estaba aniquilando la raza llanera, contra la inundación y la sequía que se disputan la tierra todo el año, con­tra el desierto que no deja penetrar la civilización».A doña Bárbara, su vecina, la aceptará, no como al antiguo enemigo de su familia, sino como algo más amplio: «luchar con doña Bárbara, criatura y per­sonificación de los tiempos que corrían, no sería solamente salvar Altamira, sino con­tribuir a la destrucción de las fuerzas re­tardarías de la prosperidad del Llano».

Pe­ro dentro de Santos Luzardo hay un ene­migo amenazador; por debajo de una apa­riencia de hombre de acción encontramos siempre la crítica insistente de sus propios actos, y como efecto de ella el cansancio, el hastío, «a ratos la reposada altivez de su rostro se anima con una expresión de entusiasmo y le brilla la mirada vivaz en la contemplación del paisaje; pero, en se­guida, frunce el ceño, y la boca se le con­trae en un gesto de desaliento». Afortuna­damente ese desaliento, esa atracción ha­cia la abulia, son superados por él al cam­biar su inserción dentro de la estructura social: de la burguesía decadente, sin fina­lidad, surgida del feudalismo latifundista, pasa a una clase ascendente, la burguesía reformista, forjada en la Universidad, que combate contra el caciquismo y la natura­leza hostil, problemática, que, superando los límites nacionales venezolanos, cae den­tro de la temática universal del aprove­chamiento de los medios de producción y la explotación del hombre por el hombre.

La lucha entre Luzardo y las fuerzas del llano, en realidad entre la civilización y el atraso, será el asunto de la novela; en ella abundan los momentos de desánimo del protagonista, de los que surge su riqueza psicológica; deberá cambiar los medios em­pleados, recurrir a la violencia, abandonar reformas, y sólo contará con la ayuda, al principio escéptica, después entusiasta, de las almas sencillas y vulgares, los más hu­mildes habitantes de los llanos. El final de la obra, con la huida de Mr. Danger, el extranjero; la desaparición de doña Bárba­ra, el cacique, tragada por la sabana, trans­formada en leyenda, y la elevación de Ma­risela, a través del amor, al plano intelec­tual de Santos, representa la victoria del reformismo.

S. Beser