Sanin

Protagonista de la novela de su nombre (v.), de Michail Arcybachev (1878-1926). «Yo vivo para mí». Con estas palabras, Sanin formula la acusación que más tarde acompañará constantemente, en su nombre, la obra de su creador.

El «saninismo» — sinónimo de egoísmo cínico — es el estigma con que el europeo «de orden», remedando el juicio negativo de Lenin, marcará los más violentos actos revolucio­narios de la conciencia de los jóvenes ru­sos en los primeros veinte años de nuestro siglo; especialmente el suicidio y el amor libre. Pero Sanin no es únicamente un emblema. Su voz, serena y fría sobre un fondo inconfesado de decepciones y de cansancio, se calla a menudo, se calla lar­gamente ante el rubor de las jóvenes voces que a su alrededor parecen colorear la mez­quindad de la pequeña provincia rusa don­de, a intervalos, hace su aparición su ex­traña juventud.

Páginas y más páginas de­jan transcurrir la vida y las palabras dé los demás, con sus penas y sus desilusiones, mientras Sanin permanece en la sombra, como una turbadora presencia que exaspera las conciencias, determinando y provocando, en una despiadada exigencia de lucidez, pero sin actuar, los actos de los demás y sus íntimas revoluciones. No es un em­blema; más bien es quizás un nuevo ejem­plo humano: es el hombre sin Dios, el hombre que vive «sin consuelo divino ni humano», sin esperanza ni desesperación, sin deseos ni renuncias, sin compasión ni odio, y a partir de su propia soledad crea la áspera y amarga defensa de su huma­nidad, más allá del drama. Es el hombre que se basta a sí mismo, el hombre abso­luto, el que puede vivir sin buscar a Dios: lo contrario del héroe de Dostoievski.

Pero en el hielo de sus palabras no hay egoísmo: Sanin no pide a la vida nada para sí («yo no pretendo nada de la vida y no espero nada de ella»); su cinismo no es más que el amargo disfraz de su fuerza moral. Y cuando una sombra de amor incestuoso parece manchar su lúcida rectitud, sin ges­tos ni vacilaciones y — cosa que cuenta aún más — sin dolor, Sanin sabe trans­formar el amor en caridad, ayuda a su hermana a salvar su vida y, sin ni siquiera proponérselo, renuncia a ella: «…la vic­toria moral — dirá más tarde — no consiste en tender la mejilla a los otros, sino en estar en paz con la propia conciencia…». Sanin aparece en medio de la pequeña so­ciedad que le rodea como un símbolo ateo únicamente humano; derriba ídolos y dio­ses e incluso el mito de la vida («Cuando un hombre no sabe a donde ir… es mejor que muera»);, pero este responsable de ajenos suicidios lleva en el corazón la más alta, estremecida y profunda fe en los des­tinos humanos: «la humanidad no ha vivido en vano…». «Siempre sueño en el tiempo feliz en que no habrá obstáculos entre el hombre y la alegría…».

Y en él tiembla un secreto amor a la vida. Sólo Sanin no su­cumbe, y tras las tragedias suscitadas él solo goza sin reservas del amor y «respira sin fatigas». Por una vez vuelve a aban­donar la casa paterna que le acoge en las pausas de su errabundo vivir y se marcha por los campos y se deja caer del tren cediendo a la invitación de una fresca mañana o a la invitación del azar. Salvado de una muerte fangosa, libre, el joven «res­pira sin fatiga, contempla con ojos son­rientes la inmensidad de la tierra y mar­cha con paso seguro al encuentro de los primeros resplandores del alba».

G. Veronesi