[Šěmūē’l]. Es el último y el más espiritual de los Jueces de Israel, héroe de los dos libros de los Reyes (v.) que llevan su nombre. Aparece en el momento en que la judicatura, convertida de institución excepcional en cargo permanente, empezaba a decaer bajo la presión de los ideales monárquicos.
Samuel, oponiéndose con sublime tesón a la fatal evolución histórica de Israel, fue durante toda su vida el más valeroso puntal de la teocracia. Y quizá nadie de su pueblo sufrió ni personificó más dolorosa y patéticamente que él el eterno drama de la convivencia de lo espiritual y lo temporal en este mundo. Preparado por una austera formación ascética iniciada desde sus primeros años en el templo de Silo, Samuel, cuando, en una de las más tristes j ornadas de la historia de Israel, tras la muerte de Eli y de sus hijos y la caída del Arca en manos de los filisteos, recogió la herencia de su débil predecesor, no vaciló ni un momento en dedicarse a la realización de su ideal y durante más de veinte años desarrolló una ferviente e inagotable actividad en todas las ciudades y aldeas de las doce tribus.
Pero si Israel había encontrado a su profeta iluminado y santo, todavía sentía más, sobre todo por razón de las provocaciones filisteas, la urgencia de fundirse en un organismo política y militarmente mejor estructurado y más sólido. Samuel, en cambio, prosiguió hasta el fin creyendo ver en el rey a un rival de Dios, y en. la monarquía un absoluto humano que hubiera amenazado al absoluto divino, perjudicando infaliblemente la fe del pueblo elegido. En un Oriente totalmente dominado por la ideología del monarca absoluto y divino, Samuel es la primera voz que se levanta contra el absolutismo, diagnosticando los peligros esenciales que entraña para la libertad del individuo y del pueblo.
Pero también es, hasta cierto punto, la primera y más pura víctima de aquella ideología, ya que cuando, cediendo a la voluntad del pueblo, ratificada por el propio Dios, ungió rey de Israel primeramente a Saúl (v.), a cuyas dolorosas peripecias asistió hasta el fin, y luego a David (v.), fundando así con sus propias manos, que tanto repugnaban a ello, la monarquía israelita, su único consuelo fue la introducción del rito de la consagración, especie de compromiso ideal que hubo de continuar victoriosamente durante toda la era cristiana hasta los tiempos modernos, según el cual, como más tarde confirmaron Jesucristo y San Pablo (v.), todo poder viene de Dios y sólo en su nombre y para su obediencia debe ejercerse.
Sea como fuere, el prestigio personal de Samuel se mantuvo durante toda su vida por encima de las figuras de los monarcas que fueron sus contemporáneos y a quienes él rigió con sus consejos o amonestó con sus reproches. Pero su ocaso fue verdaderamente, en buena parte, el ocaso del primitivo ideal teocrático, y el llanto del pueblo sobre él fue también un llanto sobre su propia infidelidad a aquel ideal y sobre las primeras y amargas experiencias del reino.
C. Falconi

