La Samaritana se yergue sugestiva e inmortal como un símbolo en el umbral de la vida pública de Jesús. El joven rabí de Nazaret, que acaba de visitar Jerusalén, regresa a Galilea pasando por la Samaría, separatista e infiel. Hacia mediodía, entra en la calurosa llanura de El-Makneh: los campos han sido segados hace poco, pero centellean los rastrojos dorados, al igual que las laderas de los montes de mica.
Cansado de su largo camino, Jesús se acerca al viejo pozo que la tradición llama de Jacob (v.). Un proverbio rabínico decía: «El agua de los samaritanos es aún más impura que la sangre de los cerdos», pero Jesús no piensa en el agua: los apóstoles han subido a la vecina Siquem en busca de provisiones, y Él les aguarda. Entonces comparece una mujer, pecadora, que va por agua. Como si nada supiera de ella y rompiendo la cauta costumbre que prohibía a un hombre dirigir públicamente la palabra a una mujer desconocida, Jesús inicia con ella uno de los diálogos más sublimes del Evangelio. Le pide agua y ella, que le ha reconocido inmediatamente por judío, responde con sarcástica altivez.
Pero Jesús no recoge la provocación y en lugar de ello le habla en extáticos términos del agua viva que Él posee y que sacia para siempre la sed. Ante aquellas palabras la mujer se extraña, obligándole así a revelarle que nada ignora de su vida. Aunque asombrada, ella no se rinde y desvía la conversación sobre los acostumbrados motivos de rivalidad entre judíos y samaritanos, hasta que su implacable interlocutor, para vencerla de lleno, le descubre aquello que hasta entonces no había dicho categóricamente a nadie: esto es, que Él es el Mesías a quien ella espera. Y de golpe, la gracia penetra en el corazón de la mujer, conmoviéndola hasta lo más profundo. Casi fuera de sí, la Samaritana corre hacia su pueblo a dar a todos la sorprendente noticia.
Y luego, agitada y feliz, vuelve y se sienta a los pies del Maestro, dispuesta a escuchar, más que sus palabras, para ella demasiado profundas, el dulcísimo murmullo de aquella agua misteriosa que Él le había prometido y que ahora le parece sentir correr por su pecho. La poesía de los pozos figura siempre entre las más dulces y fascinadoras pinceladas del relato bíblico: junto a la fuente de Harrán el viejo siervo de Abraham (v.) había descubierto a la bellísima Rebeca (v.); junto a un pozo en los prados vecinos de aquella misma ciudad, Jacob (v.) había encontrado a Raquel (v.), la pastora real que robó su corazón. Pero con la Samaritana, la humanidad entera encuentra en el pozo de Siquem la irresistible seducción de Dios descendido en su Hijo para llevar para siempre refrigerio y paz a su corazón agostado por el pecado y el dolor.
C. Falconi

