Son los dos protagonistas del relato «Romeo y Julieta de la aldea» (v. Gente de Seldwyla), de Gottfried Keller (1819-1890). En esta breve obra maestra del arte narrativo, el eterno tema del vehemente amor que une a dos jóvenes a pesar del violento antagonismo que exaspera las relaciones de sus familias, se traslada de la solemnidad del mundo shakespeariano de Romeo y Julieta (v.) al tono menor de una tragedia aldeana.
Sali y Vrenchen son un Romeo (v.) y una Julieta (v.) vivientes e inolvidables, por cuanto se adaptan admirablemente a la nueva situación en que el autor los imagina. El sentido trágico resulta de lo absurdo de la catástrofe a que conduce el generoso impulso amoroso de los dos inocentes jóvenes. Y nuestra compasión nace de la percepción de la fatal injusticia por la que aquellas almas ingenuas e inconscientes son arrastradas al terrible torbellino de las violentas pasiones de los demás. Dos campesinos, Manz y Marti, han incorporado indebidamente a sus fincas las tierras de un tercer propietario cuyo paradero se ignora, y ahora litigan para delimitar la nueva propiedad. A consecuencia de los cuantiosos gastos que el pleito acarrea, ambos se ven reducidos a la miseria, que no hace sino exacerbar aún más sus rencores.
Pero mientras los padres se odian, una instintiva atracción recíproca se apodera de Sali y Vrenchen, sus respectivos hijos, a quienes una especie de fuerza superior empuja a la ruina. Un aura de predestinación parece cernerse sobre ellos ya desde el idílico cuadro de las primeras páginas en que las dos criaturas corretean y juegan hasta cansarse y quedarse inocentemente abrazadas, dormidas bajo el sol del mediodía, precisamente en la linde de las dos fincas sobre las que poco después caerá la maldición. Un punto de alta tensión dramática es aquel en que Keller funde en un poderoso escorzo una escena de odio y otra de amor, al pintar una furiosa disputa de Manz y Marti en la pasarela tendida sobre las aguas del torrente, ante los aterrados y sorprendidos ojos de Sali y Vrenchen. Pero precisamente la batalla entre los padres acerca todavía más a los hijos, y el enfurecimiento con que aquéllos pelean sobre el puente es el incentivo que inflama los corazones de éstos. «Mientras los dos adolescentes intentaban separar a los dos viejos, sus codos se tocaron.
En aquel punto los lívidos fulgores de poniente, que asomaron por un súbito rasgón de las nubes, iluminaron la frente de la muchacha, y Sali posó sus ojos en aquel rostro que le era tan familiar, pero que en aquel momento le parecía tan distinto y tan embellecido. Y Vrenchen por su parte se dio también cuenta del estupor de Sali, y en medio de la tristeza y de las lágrimas le dedicó una rápida y fugaz sonrisa». Felicidad de un momento, ya que dolorosas y trágicas vicisitudes hacen cada vez más difícil el amor de los dos jóvenes, imposibilitando por completo su sueño de unirse en regular y legítimo matrimonio.
Tras haber estado un día entero errando con ocasión de una fiesta aldeana, Sali y Vrenchen se dejan sugestionar por las palabras de unos despreocupados y libertinos «Heimatlose» (apátridas), y después de las desenfrenadas danzas de una espectral ceremonia nocturna, toman una terrible decisión: «Sólo nos queda una posibilidad, Vrenchen — exclama Sali —: celebremos ahora mismo nuestras nupcias y abandonemos luego este mundo… allá abajo el agua es muy profunda, y nadie podrá ya separarnos, y habremos estado juntos… poco o mucho, no importa… ello, después, no contará para nosotros». «Sali — contesta Vrenchen—, lo mismo que tú dices he pensado y decidido yo hace mucho tiempo: sí, morir juntos y así todo habrá acabado». Concebido este trágico propósito, los dos enamorados suben a una barca cargada de heno, que desamarran y abandonan a la corriente.
Y cuando amanece, tras su noche nupcial, se arrojan, juntos, a las frías aguas del río, buscando en la muerte voluntaria la única solución que creen puede sellar su amor desesperado. El final del relato, majestuosamente trágico a pesar de la humildad de la materia, confiere a las figuras de Sali y Vrenchen un relieve extraordinario. Su decisión de infringir la ley social y religiosa con un matrimonio libre que consagre su ardiente pasión poco antes de la muerte, sólo suscita en el lector una profunda conmiseración. La turbación que pueda surgir ante la idea del suicidio halla su catarsis en la viva impresión estética que nos deja aquella vigorosa representación, tan escueta en su desarrollo y tan sobria en su estilo.
G. Necco

