Salambó

[Salammbô]. Protagonista de la novela de su nombre (v.) de Gustave Flaubert (1821-1880). Pobre en elementos psicológicos y, por ende, en humanidad, Salambó atraviesa la novela como una apa­rición insistente pero remota encerrada en un drama mítico que se resuelve finalmen­te en un colorismo oriental entre oleadas de perfumes refinados y embriagadores.

La pasión de Mátho, jefe de los mercena­rios rebeldes contra Cartago, a quien el deseo de poseer a Salambó lleva hasta la perdición propia y de su ejército, parece no llegar a ella sino como un grito con­tinuo pero infinitamente lejano: para de­volver al templo el velo de Tanit sustraí­do por el mercenario en su tentativa de sorprenderla dormida, Salambó va a las tiendas enemigas, se entrega a Mátho, y recobra así aquella preciosa prenda de la protección de los dioses sobre Cartago. Pero todo ello ocurre como en sueños, en una especie de pesadilla turbia y vaga; sólo el suplicio horrible de Mátho bajo sus ojos parece hacer de la hija de Amílcar una mujer auténtica, que cae muerta cuan­do muere el bárbaro, sin que ello baste, empero, para proyectar sobre ella una ver­dadera luz que compense las sombras que anteriormente la envolvieron.

Más definido es el aspecto religioso de la tragedia eró­tica de Salambó: los símbolos de la sen­sualidad que late bajo el respeto y el terror a los dioses resultan sobradamente eviden­tes. Aun así, en el personaje de Salambó como en toda la obra predomina lo «deco­rativo», por así decirlo, la ilustración. Tuvo, pues, razón Sainte-Beuve al juzgar severa­mente personaje y novela, pese a que su interpretación de Salambó no es totalmente acertada en cuanto emparenta a la carta­ginesa con Velleda y con Emma Bovary (v.). Tal vez estaba más acertado Flaubert al recordar a Santa Teresa e indicar como característica psicológica principal la «idea fija» (el velo de Tanit y el terror de Moloch). Pero los críticos deben a menudo recurrir a imágenes aproximadas para ex­presar su disconformidad estética, y lo que en sustancia Sainte-Beuve afirmaba era que Salambó, dentro del marco de la nove­la, no revela verdades femeninas ni hu­manas. En este sentido, su opinión sigue siendo válida, pese a ciertos resplandores míticos que rodean los gestos lentos y la desolación de la princesa cartaginesa.

G. Ferrata