Salomé

Hija de Herodías (v.). El Evangelio de San Marcos (VI, 22 y sigs.) y el de San Mateo (XIV, 6 y sigs.) aluden a ella, aunque sin nombrarla, al re­ferir el célebre episodio del martirio de San Juan Bautista (v.). Pero su nombre nos es conocido por la historia profana, especialmente por Flavio Josefo (v. Anti­güedades judaicas), y por la leyenda.

La pintura se ha inspirado frecuentemente en el pasaje evangélico, y Flaubert inmorta­lizó el tema en su «Herodías» (v. Tres cuen­tos). Extraña resulta, en verdad, la figura de esa adolescente, de inquietante candor y de pureza feroz, que en premio al deseo encendido en la sangre del tetrarca Herodes Antipas (v.) le pidió la cabeza del Profeta. Tal vez nadie logró sugerir su pérfido hechizo mejor que Bernardino Lui- ni en su cuadro del Louvre, donde la pinta en el límite extremo entre el vicio y la gracia, como exótica belleza de ojos ver­des, virgen equívoca, que levanta la cabeza cortada, de apagados ojos, de encima de la bandeja en que se la presentan, sin que pa­rezca sacudirla el menor estremecimiento de compasión ni de horror. «Danzó — dice el Evangelio — y entusiasmó a Herodes y a sus invitados».

Esta danza excita nuestra fantasía. Nada tiene que ver con las co­reografías ni las desnudeces de nuestros espectáculos. Salomé era tal vez como la vio Flaubert cuando la describe «en negras calzas consteladas de mandrágoras», cubier­tos los hombros con «un pañuelo de torna­solada seda» y calzados los pies con chas­queantes «pequeñas babuchas de colibrí» y añade que sus «actitudes expresaban sus­piros, y todo su cuerpo traducía una tal languidez que uno se preguntaba si estaba llorando a un dios o si estaba muriendo bajo su abrazo». Para los rudos beduinos de la corte de Herodes semejante descrip­ción puede parecer literaria, y más bien debería pensarse en las danzas de los oasis de Siria, de Transjordania y del Sahara, en su arrebatador torbellino, en el paroxis­mo de sus ritmos, en los estridentes gritos que las acompañan y en la fascinación que tales espectáculos misteriosos siguen ejerciendo todavía sobre los árabes. Salomé, pues, danzó y dio vueltas como una antor­cha negra y azul en el viento de la sen­sualidad despertada. Y cuando cayó, cuan­do cesó el canto de las flautas y de las ar­pas, se oyó, balbuceada por unos labios an­siosos, la palabra homicida: «Pídeme lo que quieras, y te lo daré».

H. Daniel-Rops