Saladino aparece en muchos relatos pseudohistóricos y novelescos italianos y franceses, que hacen de él un soberano ejemplar por su prudencia y superior humanidad, modelo de las más preciadas virtudes de un rey, como son la cortesía y la liberalidad, tolerante para con los seguidores de otras religiones, y a veces secretamente simpatizante con el Cristianismo, cuando no francamente cristiano.
Entre otras cosas, nárranse en los referidos relatos algunos actos de generosidad singular para con guerreros cristianos capturados por él, o viajes que se supone hizo de incógnito en tierras cristianas, para mejor conocer sus usos y religión; algún escritor refiere incluso que Saladino se hizo instruir en las reglas de la Caballería (v.) y armar caballero por un noble francés, y algún otro autor le atribuye origen francés por parte de su madre. Dante le acoge entre los grandes espíritus que se hallan en el Limbo, y más de una de las anécdotas que se le atribuyen se hallan en el llamado Novellino (v.); pero la más completa representación de la figura ideal que Saladino suscita en los lectores de la Edad Media es la que da Boccaccio en dos de los cuentos de su Decamerón (v.): el de «Los tres anillos» (jornada I, relato 3), en el que el soberano musulmán se muestra digno de la finura intelectual de su interlocutor y sabe apreciar el ingenio de éste, y la de «Micer Torello» (jornada X, relato 9), que es una suntuosa celebración de la magnificencia caballeresca.
En esta última narración, Boccaccio, reanudando la tradición de los viajes de Saladino en tierras cristianas, pone a su lado la figura de un modesto caballero cristiano, Micer Torello de Pavía, que en nada cede al famoso sultán en cortesía e inteligencia, y que noblemente contiende con él en una especie de certamen de señoril generosidad: episodios de éste son la hospitalidad que el caballero de Pavía ofrece al desconocido viajero, el cautiverio de aquél en Tierra Santa y la magnificencia fantástica de Saladino, quien le paga la hospitalidad recibida no sólo con grandes dones, sino disponiendo que un nigromante haga volver prodigiosamente a Pavía a Micer Torello, en un prodigioso vuelo.
Después de las referencias de Boccaccio, merece citarse la alusión que a Saladino hace Tasso, cuando en su Jerusalén libertada (v.) emparenta con aquel famoso príncipe a su Solimán (v.), haciendo de Saladino, futuro conquistador de Jerusalén, un descendiente de aquel su desventurado pero invicto personaje. Y finalmente, en la época de la Ilustración, Lessing, tomando de Boccaccio la antigua leyenda, a la que infunde un nuevo espíritu, introdujo en su Nathán el Sabio (v.) a Saladino, haciendo de él una de las figuras ideales de su drama y presentándolo como modelo de prudencia, caridad y tolerancia.
M. Fubini

