Saint-Preux

Protagonista de la nove­la La nueva Eloísa (v.), de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778). Fundador de una larga familia de héroes románticos, desde Chatterton (v.) a Ruy Blas, desde Wer­ther (v.) a Hernani (v.), desde Vandenesse (v.) a Jacobo Ortis (v.), desde Dániel Cortis (v.) à Máximo Odiot, el «joven pobre» Saint-Preux ha prestado a sus innumerables hermanos ora una, ora otra de sus virtudes, y todos sus defectos; pero sigue siendo el más puro y a la vez el más complejo de entre ellos, tal vez el más in­teligente, y sin duda el más fuerte.

Furores y abandonos, cóleras y llantos, arrebatos de amor y amorosos secretos, alegrías sin freno y reticentes melancolías, pasión y reflexión, se juntan para hacer de Saint- Preux una de las más ricas figuras de la literatura y aun de la vida, por lo que hay en él de retrato de su propio autor. Un hombre «cuya imaginación va siempre más allá del mal» y que parece crear para su ánimo el mal, llamándolo en sus presen­timientos, en sus visiones y en los tumul­tuosos movimientos de su fina sensibilidad, llegará incluso un día a soñar en la muerte «como un velo» dispuesto sobre el rostro de la persona más amada del mundo, y como un velo aquélla vendrá realmente a esconder para siempre a sus ojos aquel rostro, como si su sueño la hubiese lla­mado: «… ¡ah, desdichado de mí!… el velo…».

Pero Saint-Preux no es única­mente el héroe romántico «lleno de fuerza y puerilidad», el primer hijo de una época literaria y casi loca, sino que es también, y quizá por encima de todo, el «honnête homme», esto es, el hombre educado, que se realiza total y perdidamente en su más alta acepción, es decir, en la moral: en Saint-Preux, en efecto, Rousseau nos ofre­ce un vivísimo modelo de aquella humani­dad libre y natural, y por lo mismo moral y honrada, que su filosofía proponía como ideal a la fatigada y viciada sociedad de su tiempo. En Saint-Preux un hombre acep­ta-— y en ello consiste su sutil diferencia con los rebeldes héroes del Romanticismo — vivir una existencia «moral», esto es, lim­pia, aunque sea a costa de su felicidad : como él dirá, «la virtud es un estado de guerra».

Y en ese hombre cálido e impe­tuoso no hay contradicción ni servidumbre alguna: es libre, y por consiguiente moral, sin pecado y capaz de grandeza. Pero ¡en cuánta medida deberá ser también capaz de dolor su vida «sublime y a ras de tie­rra», si todas las condiciones están con­tra su corazón, contra toda «inclinación de la Naturaleza» y contra todo goce inme­diato! Y así él debe permanecer finalmente solo y resistir, cara a cara con su límpida conciencia y con una imagen de muerte allí donde antes estuviera una imagen de amor. De este bello personaje, el Romanti­cismo tomó únicamente lo más externamen­te dramático, o sea la violencia de sus pasiones y su lucha contra la sociedad.

Es la lucha desigual en la que los héroes ro­mánticos suelen sucumbir; sólo Saint-Preux obtuvo la difícil victoria, íntima y a duro precio adquirida; por lo mismo, solo él, en su fidelidad a la vida, proyecta hasta nosotros una imagen generosa y un ejemplo todavía válido: «…me doy cuenta, con desesperación, de que el fuego que me con­sume no se apagará sino en la tumba…»; «… soy un hombre sencillo y sensible, que manifiesta fácilmente lo que siente, y que no siente nada que deba avergonzarle…». De la pasión que para él es vida y muerte, Saint-Preux no siente el menor rubor, pero tampoco se anula en ella; ¡cuán lejos nos hallamos de la pobre Fedra (v.), que le precedió en tan pocos decenios!…

G. Veronesi