Refiriéndonos al personaje de Safo según su precisa determinación en la fantasía de los escritores modernos, no son muchos los casos en que aquella figura adquiere evidencia suficiente y un aspecto autónomo en relación con las páginas en que vie. Hasta cierto punto, son excepciones dignas de mención Safo y Faón (v. Safo) de John Lyly (1554-1606), las Aventuras de Safo, poetisa de Mitilene (v. Safo) de Alessandro Verri (1741-1816), y sobre todo la tragedia Safo (v.) de Franz Grillparzer (1791-1872), donde la poetisa parece tal como la reconoció la filología moderna a través de los testimonios de Alceo, Platón y otros: bella de forma, noble de vida y maestra de poesía entre las doncellas de Mitilene y de Lesbos, que sentían por ella la más afectuosa veneración.
Pero el don poético que los dioses le concedieron es un don trágico: desolada y desesperadamente sola en la esfera divina del arte, insatisfecha con el «estéril laurel, frío, sin fruto y sin perfume», Safo se volverá hacia la Vida y acercará sus labios al «suave cáliz coronado de flores»: y por un momento el amor del bellísimo joven Faón le dará la ilusión de poder sencillamente una mujer amada y amante y de bajar «desde las cumbres que se hallan junto a las nubes hasta los risueños valles floridos de la vida» para llevar al lado de su amado «una sencilla existencia pastoril». Pero a los poetas, a los elegidos, no les es dado compartir la suerte de los demás hombres ni vivir sus terrenales vicisitudes: humillada y traicionada por Faón, que prefiere la fresca gracia y la boca sonriente de la joven esclava Melita, la «divina» Safo lucha en vano .contra su rival, hasta que, derrotada, debe amargamente reconocer su error: «Mi puesto estaba allí arriba, allí arriba entre las nubes: aquí no hay lugar para mí, si no es la tumba».
Y a sus palabras contestan como un eco las de Faón: «Yo te amo, pero como se ama a los dioses, a lo Bello y a lo Bueno. Quédate entre los seres celestes, Safo: no impunemente puede bajarse del banquete de los dioses al mundo de los mortales». Consciente de su destino, Safo deposita en el altar de los dioses el «suave cáliz» al que sólo acercara los labios sin llegar a libarlo, y luego, con el manto de púrpura sobre los hombros, en la cabeza la corona de laurel conquistada en Olimpia y en la mano el cetro de oro, se precipita desde la roca al mar tempestuoso. Así, para Grillpárzer, la tragedia de Safo es la tragedia del irreparable conflicto entre el Arte y la Vida, esferas distintas, cuyos límites es peligroso confundir: «vivir la poesía» es un imposible sueño romántico. A esta luz puede investigarse hasta qué punto la tragedia de la Safo griega es un capítulo de la autobiografía interior del moderno poeta alemán, a quien jamás fue concedido aceptar un vínculo ni abandonar el arte para entregarse de lleno a sus sentimientos.
C. Cometti

