[Sonrió]. Safo es la mayor poetisa de la literatura griega y de todas las literaturas. Nacida en la isla de Lesbos (en Ereso, aunque vivió luego en Mitilene) en el siglo VI a. de C., todavía hoy figura como una criatura «milagrosa» — según la definió un historiador antiguo — dentro del mundo de la poesía.
La antigüedad y la edad moderna han acumulado acerca de ella, porque fue mujer excepcional y vivió en un especial clima histórico, leyendas y fantasías que deformaron su verdadera imagen; pero una vez que se ha logrado libertar su personalidad de todo el fárrago literario y filológico, la vemos en su verdadera realidad de gran poetisa y aun de gran mujer, que no puede ser menoscabada por las licenciosas costumbres que algunos le atribuyen, y no únicamente en gracia a sus méritos poéticos. Sus mismas desviaciones sexuales, esto es, sus amores por las amigas y muchachas del ambiente en que vivió, deben justificarse e interpretarse históricamente, como una costumbre generalmente admitida y que no suscitaba escándalo en la antigua Grecia, ni en la Atenas del siglo V a. de C.: toda la literatura griega clásica — piénsese en el FecLro (v.) platónico, en ciertos discursos de Lisias, en el Banquete (v.) de Jenofonte, por no citar sino los textos más conocidos — está llena de alusiones a pasiones de tal carácter.
Así puede explicarse en Safo la exaltación polémica de su vocación poética y de sus amores, la cual, en definitiva, se resuelve en la afirmación de su individualidad, acompañada por. los sombríos celos suscitados por sus personales méritos y por los del sexo a que pertenecía. Pero hay más: Safo expresa con delicados acentos su amor por su hija Cleide y por su hermano Ca- raso; y por otra parte, en los fragmentos eróticos que han llegado hasta nosotros no hay ningún término ni expresión que ofendan a nuestro sentido moral: de sus jóvenes compañeras sólo menciona y pinta la dulce sonrisa, las suaves palabras, los graciosos andares, la luminosa mirada o el suave gesto de trenzar guirnaldas de flores; y tales visiones, aligeradas y por así decirlo _ atenuadas por el recuerdo, van acompañadas de una grave y casi púdica anotación de su sentir, expresada con un recato y un análisis tan cuidadoso y distante que, aun admitiendo que fuera necesario, disolverían todo el elemento sensual que indudablemente se halla en la base de las sensaciones e imágenes: purificado por la poesía, aquel elemento no es sino un sencillo sobrentendido.
Una leyenda muy conocida por la tardía antigüedad narra el suicidio de la poetisa por amor: Safo, según esta tradición — que hallamos también recogida en la epístola ovidiana de Safo a Faón (v. Heroidas) —, era una mujer fea: «Si la cruel Naturaleza me ha negado bellos rasgos…», «soy pequeña y morena…». Enamorada perdidamente de un marino de Lesbos, Faón, y rechazada por éste a causa de su fealdad física, se dice que se arrojó al mar, desesperada, desde la roca de Léucade. De esta leyenda se apoderaron en la edad moderna distintos poetas, y Safo se convirtió en el símbolo de todo amante físicamente poco agraciado, pero de nobles sentimientos y pensamientos elevados que, despreciado por la persona amada, halla en el suicidio la liberación de sus penas y de la crueldad del destino (v. Safo, de Leopardi y de Grillparzer).
Pero la filología, a principios de nuestro siglo, explicó el origen literario de esta leyenda, diferenciando los elementos pertenecientes a las poesías de la propia Safo y sus combinaciones en manos de los comediógrafos griegos del siglo IV a. de C.: «arrojarse al mar desde la blanca roca» era para los griegos una expresión metafórica popular que se halla también en Anacreonte y significaba liberarse, con aquel acto, de la pasión amorosa. Faón era uno de los semidioses que acompañaban a Afrodita: con toda probabilidad Safo debió de cantar los amores de ese héroe con la diosa. Algún comediógrafo griego (una comedia perdida de Difilo, poeta cómico del s. IV a. de C., se titulaba precisamente Safo), fingió tomar al pie de la letra la alusión al salto desde la blanca roca y lo atribuyó a la poetisa, a la que atribuyó también el amor de Afrodita por Faón: partiendo de esta base debió de nacer y difundirse la leyenda.
Pero ¿con qué motivo y en qué sentido puede hablarse hoy del «personaje» Safo? Indudablemente la personalidad poética de Safo es lo bastante poderosa para reflejarse incluso en los menores fragmentos de sus versos, fáciles de identificar entre los de cualquier otro poeta griego. Pero ello no bastaría. El mito de Safo — un mito que a través de los siglos se ha prolongado hasta nosotros — se construyó más bien sobre su personalidad humana, originalísima y, por así decirlo, romántica por anticipación, según se dibuja en los fragmentos de sus poemas (v. Odas): «Hay quien dice que nada hay tan bello como un ejército de jinetes o de infantes; para otros, nada hay como una escuadra: yo digo que lo más bello es aquello que se ama». Con estas palabras de insuperable sencillez, y en su punta polémica contra el ideal guerrero y heroico de la Ilíada (v.) homérica, Safo interpretó para siempre el eterno romanticismo del alma femenina: en ella se encierra la defensa de los derechos del corazón contra cualquier consideración, incluso mioral; y la justificación del amor adúltero de Elena (v.) viene a confirmarlas.
Recordemos a este propósito las palabras de un grande filólogo italiano del siglo pasado, Domenico Comparetti: Safo «no es únicamente el nombre de una poetisa: es un personaje poético de los modernos»; «… en el alma del hombre de nuestros días, por poco culto que sea, el nombre de Safo se asocia con ideas sentimentales, románticas y poéticas… La antigüedad, ante aquellos poemas, se quedó como deslumbrada: nadie antes que ella, ni nadie después, ni hombre ni mujer, ni griego ni romano, había encontrado jamás ni jamás encontró una fórmula más adecuada y más justa, más delicada y más fina, más noble y más elevada, más ardiente y más pura, del más noble y más poético de los sentimientos humanos». El motivo del amor reaparece en otros célebres fragmentos: «Eros, que entorpece los miembros, me agita de nuevo, invencible enemigo a la vez dulce y amargo»; «Eros perturba mi alma, como el viento que pasando por encima de los montes se abate sobre las encinas».
Sin embargo, pese a esas dolorosas e íntimas confesiones, en Safo prevalece la alegría, aunque a veces la melancolía la cubra con su velo: la belleza de las doncellas por ella cantadas y la de la Naturaleza (paisajes plácidos y serenos: piénsese sobre todo en el fragmento relativo a la luna llena) ejerce sobre la poetisa un fuerte influjo, y parece hacer penetrar en sus venas una languidez que la adormece: vena de tristeza lánguida pero no tempestuosa, como la que inmediatamente surge del goce de la belleza misma. Pero Safo es más que mujer cuando expresa Con vehemencia su amor a la gloria; a una rival inculta le dice: «Yacerás muerta y no quedará de ti ni recuerdo ni lamento; porque tú no cortas las rosas de Pieria y vagarás anónima en el Hades revoloteando entre las oscuras sombras de los muertos».
Posee un acento fuertemente personal la oda entera que ha llegado hasta nosotros: «Himno a Afrodita», que de himno religioso tiene sólo el movimiento inicial y determinados epítetos, pero que se convierte, ya desde los primeros versos, en una plegaria personal de Safo que, torturada por una pasión no correspondida, solicita el auxilio de la diosa y recuerda otra ocasión en la que ésta le escuchó e hizo el milagro: el centro lírico de la oda se halla en la descripción de la epifanía de la diosa sobre su carro de oro que baja del cielo: el alma apasionada de Safo se serena en la contemplación de la belleza divina, como si gozara su embriagador perfume, y la sonrisa radiante de la diosa calma su dolor. Hay que llegar a la conclusión de que Safo está hasta cierto punto fascinada por sus propias penas amorosas: es una pasional pura, porque ama su pasión, cualquiera que sea el fruto de ésta.
G. Puccioni

