Personaje de los poemas caballerescos italianos. Rey de los circarsianos, es uno de aquellos guerreros sarracenos de nombre sonoro y de indómito valor (v. Gradasso, Rodomonte, Mandricardo) en quien tanto se complugo Boyardo: aparece en el Orlando enamorado (v.) como defensor de Albraccá, asediada por Agricán (v.), el cual quisiera casarse con la hija de aquel rey, Angélica, y por ella, que le ha llamado en su defensa pero que no corresponde a su amor, da extraordinarias pruebas de valor y de fuerza.
Este amor sin recompensa y esta ilimitada devoción a la mujer amada que se manifiestan en desesperadas batallas a campo abierto o dentro de la ciudad contra Agricán y los suyos, constituyen la sustancia poética de la figura de Sacripante, que encuentra en aquellos cantos su más cumplida representación: ulteriormente, su nombre sólo aparece en el relato de las fechorías de Brunello (v.) — el cual se apodera de su caballo Frontalatte — y en la historia del Lago del Hada, donde aquél se halla cautivo juntamente con otros muchos guerreros. En el Orlando -furioso (v.) volvemos a encontrarle, al principio del poema, como enamorado infeliz que se lamenta de la suerte de Angélica a quien cree caída en posesión ajena; más tarde, por un juego de la suerte, se halla súbitamente junto a la amada y es invitado por ésta a acompañarla en su viaje de regreso a Oriente.
Cuando creía poder finalmente hacerla suya, es derribado ante sus ojos por un caballero que luego resulta ser una mujer, Bradamante (v.); pelea luego con Rinaldo (v.) y al final se da cuenta, juntamente con su rival, de que, mientras ellos combatían, la mujer ha vuelto a huir. Así, el heroico defensor de Albraccá se convierte en la obra de Ariosto en el juguete de aquella suerte en la que tantas veces se encierra la ironía del poeta: otra vez, en efecto, al salir del palacio de Atlante (v.), donde uno y otro estaban encerrados, Angélica se le presenta para solicitar su protección y dejarle de nuevo desilusionado, desapareciendo, ahora para siempre, gracias al anillo mágico en el que a partir de ahora decide poner toda su confianza, prescindiendo de sus numerosos e importunos pretendientes.
Pero, al igual que ocurre con Rinaldo y Ferragut (v.), Ariosto atenúa voluntariamente el relieve del amor de Sacripante para que por encima de todos los enamorados de Angélica resalte la figura de Orlando (v.), el amante totalmente absorto en su amor y en su ansiosa búsqueda que le lleva hasta la locura. Ni siquiera la valentía de Sacripante tiene gran ocasión de manifestarse en el Orlando furioso, de modo que este personaje (que toma también parte en la discordia del campo de Agramante, v., en virtud de su pelea con Rodo- monte, poseedor del caballo que un día le robara Brunello) vive sobre todo, tras las aventuras y desventuras de los primeros cantos, por la memoria de sus antiguas hazañas. Como los nombres de Gradasso y de Rodomonte, el de Sacripante se ha convertido en una expresión casi proverbial.
M. Fubini

