Rosina

Personaje de dos comedias y un drama de Pierre-Augustin Carón de Beaumarchais (1732-1799): El barbero de Sevilla (v.), Las bodas de Fígaro (v.) y La madre culpable (v.), así como de dis­tintas obras musicales en ellas inspiradas, y de una comedia de F. A. Bon, El testa­mento de Fígaro.

Entre los numerosos per­sonajes femeninos del teatro dieciochesco, agudos, ingenuos y maliciosos a la vez, destinados a unirse en justas nupcias des­pués de tres o cinco actos de aventuras más o menos movidas, para ser luego aban­donados por el autor a su aventura, Rosina es la única a quien es posible seguir hasta su madurez, la única que sabe decir­nos totalmente «aquello que ocurrió des­pués». Y el hecho de que represente, por sí sola, la vida sucesiva de tantas compa­ñeras suyas de alegría juvenil, tiene algo de conmovedor porque Rosina, tan canora en las cavatinas de la ópera, tan pizpireta en las escenas en prosa, es aquella que más que ninguna otra nos parece nacida para una vida tranquila y alegre.

Y en lugar de ello, Rosina, cuando apenas han trans­currido dos años de su matrimonio, tiene que comprender que, además de la felici­dad conclusiva de las comedias del si­glo XVIII, puede haber otra, más silenciosa y más dulce, pero en otro tiempo culpable, hecha de nostalgia y de lamentación de cosas soñadas y ya imposibles. Más tarde aprenderá que también esta poesía del se­gundo amor tiene su drama, y que toda una vida basta apenas para redimir la complacencia en un antiguo sueño, para en­contrar un equilibrio y adaptarse humanar mente y con buena voluntad a las realida­des. Y también ella será la primera que pronunciará en el teatro el grito angustiado de esta conciencia, hecho de arrepenti­miento y de amor, de maternidad, y de desesperación, liberado de la austeridad de la antigua tragedia, pero todavía no conta­minado por las ampulosidades más tardías.

Rosina no es un tipo, sino una mujer: tal vez «la» mujer. Y quizá Mozart lo había intuído así y conmovidamente lo tradujo en la música de sus Bodas de Fígaro. Rossini, en cambio, sólo la acogió en su primera juventud, sin querer ver nada más; para él Rosina, cantó con toda libertad sin pre­ocuparse por nada: sabía que el maestro no gustaba de alejarse de la ópera bufa.

U. Déttore