Juan Manuel Rosas

Personaje histó­rico, de «bárbara y siniestra grandeza» se­gún Menéndez Pelayo, hijo de una familia solariega, abandonó su hogar para vivir entre los gauchos, y apoyándose en ellos y en las clases más conservadoras gobernó despóticamente la Argentina durante más de veinte años, hasta 1852.

Es uno de los’ «caudillos» hispanoamericanos que mayor atracción ha ejercido sobre los escritores, y cuya personalidad es aún un enigma. Du­rante los años que dura su tiranía puede decirse que la literatura y el pensamiento argentinos giran alrededor de él, general­mente contra él. Su mayor enemigo lo ha­lló entre la joven intelectualidad, liberal y romántica, y a la cabeza de ella la «Aso­ciación de Mayo», fundada por Esteban Echevarría y a la que pertenecieron al­gunos de los que figuran entre los mayores escritores de Indoamérica: Domingo Sar­miento, Bartolomé Mitre, Juan Bautista Alberdi, Juan María Gutiérrez, Vicente Fidel López. Todos ellos, como la mayoría de la gente ilustrada del país, se vieron obli­gados a expatriarse y figurar en la larga lista de «los proscriptos»; por eso ha podido escribir un historiador: «él (Rosas) explica por qué se escribieron en tierra extranjera los libros de tantos argentinos ilustres…; él explica por qué la vida intelectual ar­gentina pereció en el territorio que él go­bernaba, mientras los espíritus más escla­recidos de esa generación íbanse al des­tierro para combatirlo; él explica por qué de 1830 a 1860 la literatura argentina ad­quiere ese carácter combativo en sus temas y sus sentimientos, hasta convertirse él mis­mo, Rosas, en protagonista de poemas y no­velas; él explica, en fin, por qué la plé­yade romántica hizo del odio una fuente de inspiración».

Los hilos de su persona­lidad se entretejen con la fantasía de los que lo odiaban o lo veneraban. Rosas, su hija Manuelita, su cuñada Encarnación Ez- curra, todos sus familiares y servidores más fieles se convierten en leyenda; sus ca­racteres poseen reflejos novelescos aun an­tes de que el tiempo los debilite. El arma más poderosa de los desterrados será la literatura, y de esa literatura de combate destacan los versos de Mármol y su novela Amalia, las poesías de Ascasubi y los li­bros de Sarmiento. El núcleo de Amalia (v.) no son los amores de los dos prota­gonistas, sino la descripción del cuadro de la dictadura de Rosas, vista por el autor de las más fuertes diatribas contra el tirano: «¡Ah, Rosas! No se puede reverenciar a Mayo / sin arrojarte eterna, terrible maldi­ción». La novela ha sido interpretada acer­tadamente como la justificación de un gru­po generacional frente al despotismo del caudillo gaucho; pero en ella los ataques a la tiranía y la ardorosa defensa de la liber­tad se hallan empañados por los prejuicios del intelectual moderado que considera inamovible la vieja jerarquía clasista que Rosas simulaba haber roto.

Mientras los grandes escritores luchan desde el exilio con sus obras contra el «caudillo», en el interior del país se desarrolla una literatu­ra encomiástica de escaso valor, a veces de tono populachero o raíz gauchesca: «De la América sólo en las hermosas / páginas hay un Washington y un Rosas». Posteriormente Rosas aparece en otras obras; entre ellas se halla el drama de Paul Groussac La divisa punzó, aunque aquí no se trata de la figura del general, sino de las relaciones con su hija Manuelita, que ha quedado co­mo prototipo de ternura y nobleza. Con simpatía, a veces claramente laudatoria, es tratada la personalidad del dictador por el novelista Manuel Gálvez, que lo recoge en varias novelas y le dedicó un estudio bio­gráfico. Desde el campo de la investigación histórica, Rosas ha sido estudiado en los libros de Luis Franco, El otro Rosas y Ro­sas entre anécdotas, y de Carlos Ibarguren, Juan Manuel Rosas y Manuelita Rosas. Al­gunos han intentado ver en Rosas un pa­ralelo de la restauración monárquica euro­pea del primer tercio del siglo XIX, pero son casi nulos los puntos de semejanza.

Mu­cho más ilustradora es la comparación con el carlismo español, cuya primera guerra civil se desarrolla durante los años en que Rosas estaba en el poder. Los dos repre­sentan un exacerbado nacionalismo que se apoya en las diferencias regionales, uno me­diante el federalismo, el otro mediante el foralismo; y los dos hallan su fuerza numérica en las masas rurales: por eso signi­fican ambos, en cierto sentido, la pugna entre la ciudad y el campo. Juan Manuel Rosas fue el resultado de una realidad na­cional, y el verdadero enemigo de la liber­tad no era él sino aquella realidad. Así lo comprendió Sarmiento, que defendió como medio para evitar el resurgimiento del cau­dillaje, la destrucción de aquella realidad mediante la cultura. Respecto al papel de incitador que juega Rosas en la literatura argentina ha dicho el historiador Ricardo Rojas: «La epopeya argentina tiene su pro­tagonista simbólico: se llama San Martín. La tragedia argentina tiene el suyo: se lla­ma Rosas. Sin este Dionisos silencioso, que es su mito fatal, no se comprende a Eche­varría, ni a Sarmiento, ni a Alberdi, ni a Mármol, ni a Mitre, ni a ninguno de los otros inspirados, cuyas palabras constituyen la canción del coro, comentario fatídico de esa tragedia que duró treinta años».

S. Beser