Rodrigo

Último rey de los godos y uno de los héroes predilectos del Roman­cero (v.). Su leyenda, compuesta de ele­mentos históricos y fantásticos, está enla­zada con el final de la monarquía visigoda que reinó en España desde el siglo V hasta el año 711, en que la Península fue inva­dida por los musulmanes.

Los elementos esenciales de esta leyenda, elaborada por el sentimiento y la fantasía de los españo­les para justificar la «pérdida de España», se hallan ya insinuados por los historiado­res árabes y aparecen también en los cro­nistas españoles más antiguos, como el Tu- dense, el Toledano, la Primera Crónica General (v.), etc. Pero ya en 1110 la leyenda debía haberse difundido, por cuanto su te­ma aparece en el cantar de gesta francés Anseís de Cartago (v.). No se sabe si hubo o no cantares primitivos españoles que re­cogieran la leyenda de don Rodrigo; el que nos queda, el «Cantar de la hija del conde don Julián y de la pérdida de Es­paña», es relativamente reciente. Pero la leyenda se presenta con todos sus detalles más fantásticos en la Crónica sarracina de Pedro del Corral (siglo XV), derivada a su vez de la novelesca Crónica del moro Rasis.

En ella Rodrigo aparece como un rey orgulloso y soberbio que temeraria­mente rompe el encanto del palacio de Hércules en Toledo, donde nadie había en­trado jamás, y allí halla escrita la pre­dicción de que España sería conquistada por los árabes cuando alguien violara aquel lugar. Desdeñando la advertencia, Rodrigo sigue pisoteando tiránicamente las leyes y viola a la Cava, una de las doncellas de la reina. La Cava pide venganza a su padre, el conde don Julián (Olián, en la historia), gobernador de Ceuta, el cual abre las puer­tas de España a los moros que derrotan a Rodrigo en la batalla del Guadalete. El Romancero evoca la leyenda del rey peca­dor como en un tríptico. Los romances más recientes, entre los más bellos de los cua­les están «Don Rodrigo, rey de España» y «Amores trata Rodrigo», narran la profa­nación del palacio de Hércules y el estupro de—la Cava.

Otro grupo, en el que figura el romance «Las huestes de don Rodrigo», imitado por Victor Hugo, describe al rey derrotado y cubierto de sangre, mientras desde lo alto de un cerro contempla a sus tropas en fuga: «Ayer era rey de España, / hoy non lo soy de una villa; / ayer villas y castillos, / hoy ninguno poseía, etc.». El que se titula «Después que el rey don Ro­drigo» describe la fuga del rey y su refugio en una gruta, donde confiesa sus culpas a un ermitaño, el cual le impone la. peni­tencia de encerrarse vivo en un sepulcro junto a una serpiente. El día que ésta le devore «por do más pecado había», Dios habrá perdonado sus pecados.

Pero, más que al rey pecador y soberbio, el Roman­cero se complace en pintar al rey vencido en el momento de la penitencia y de la desventura, envolviéndole en una luz de piedad muy cristiana y muy española. Del Romancero el personaje de don Rodrigo pasó al teatro (v. El puñal del godo, de José Zorrilla) e inspiró también a algunos poetas extranjeros, como Walter Scott, en The Vision of don Roderik, y Washington Irving, y a Robert Southey en el poema Ro­drigo, el último godo (v.).

C. Capasso