Quincas Borba aparece únicamente en las primeras páginas de la novela de su nombre (v.), de Machado de Assis (1839-1908). El verdadero protagonista es Rubiáo; pero sin Quincas Borba, Rubiáo sería otro hombre, como otra sería su vida y otra la novela.
También aparece Quincas Borba en otra novela de Machado, Memorias póstumas de Braz Cubas (v.). Es un personaje que vive en la miseria, distribuyendo su tiempo entre la filosofía y las manías, hasta que hereda una considerable fortuna. Ahora le encontramos rico, viejo y enfermo, más filosófico y más loco que nunca, en una finca que tiene en provincias; tiene un perro, al cual ha puesto su propio nombre, Quincas Borba, y un joven amigo, oscuro profesor sin fortuna, Rubiáo, que le asiste por afecto, sin que ello le impida esperar un posible legado. «¿Quieres ser mi discípulo?», pregunta Quincas. «Quiero», responde Rubiáo. «Bien. Poco a poco comprenderás mi filosofía; el día que la hayas comprendido a fondo será el más feliz de tu vida, porque no hay vino que embriague tanto como la verdad. Créeme, el ‘Humanitismo’ es la razón de todas las cosas, y yo, que lo he creado, soy el hombre más grande del mundo. ¿No ves cómo me mira mi buen Quincas Borba (el perro)? No es él, es ‘Humanitas’… ‘Humanitas’ es el principio.
En todas las cosas existe cierta sustancia recóndita e idéntica, un principio único, universal, eterno, común, indivisible e indestructible. Es la ‘Humanitas’. La llamo así porque resume el universo, y el universo es el hombre…». Quincas Borba está seguro de su inmortalidad: vivirá en su gran libro; sin embargo, ha dado su nombre al perro para sobrevivir en él gracias a aquellos que, tras su propia muerte, seguirán llamando Quincas Borba al perro. Según su filosofía, no hay mal que no sea un bien: la guerra es un bien porque si extermina al vencido, asegura la existencia del vencedor; la peste en un bien, porque impulsa a los hombres a descubrir la medicina que habrá de curarla. La muerte y el exterminio no’ existen: desaparece el fenómeno, pero la sustancia permanece. Cuando el agua hierve, las burbujas se hacen y se deshacen continuamente, y todo se queda en la misma agua… En conclusión, Quincas Borba pregunta a Rubiáo si verdaderamente es amigo suyo. «¡Qué pregunta!», le responde éste. «Tanto o más que el perro».
Al día siguiente el filósofo hace testamento y se marcha a Río de Janeiro, confiando el cuidado del perro a su discípulo. Al cabo de siete semanas Rubiáo recibe una carta de Quincas Borbas: «¿Quién soy yo? Soy San Agustín. Lo descubrí anteayer. En nuestras vidas todo coincide». En efecto, ambos han dado una parte de su tiempo a los placeres y la herejía; ambos han robado — el santo, cuando pequeño, unas peras; Quincas, ya mayor, un reloj de su amigo Cubas —; ambos han tenido una madre religiosa y casta, y finalmente ambos han descubierto que todas las cosas son buenas, «omnia bona», con la diferencia de que para San Agustín el mal procede de una desviación de la voluntad (error imputable a la ignorancia de su época), mientras Quincas sabe que el mal no existe en absoluto. Quincas muere, se abre el testamento y Rubiáo resulta ser heredero universal, con la única condición de cuidar del perro Quincas Borba.
Entonces tenemos a Rubiáo, rico, que inicia una nueva vida, señoril e importante, en Río de Janeiro, donde entra en contacto con aquel mundo «carioca» habitual en las obras de Machado de Assis, que con tan mesurada delicadeza y tan humana verdad sabe retratarlo. Pero diríase que Rubiáo ha heredado también el destino de Quincas Borba: de vez en cuando cree sorprender realmente, en el perro, la presencia de su difunto amigo y bienhechor; luego, poco a poco, a medida que la vida le va desengañando, siente que es Napoleón III. Está loco. ¿Pero no será la filosofía de Quincas Borba que se revela en él? ¿No será la «Humanitas» que confunde en uno los fenómenos Napoleón III y Rubiáo?
A. Dabini

