Quintus Fixlein

Protagonista de la novela Vida de Quintus Fixlein (v.), de Jean-Paul Richter (1763-1825). Entre la nu­merosa serie de criaturas profundamente humanas imaginadas por el gran humorista alemán, Fixlein, profesor de «quinta» — cur­so correspondiente aproximadamente al pri­mero de nuestro bachillerato—, es una de las más humanas y simpáticas.

Bueno, hu­milde y de sencillo corazón, sólo busca en la vida aquellos goces modestos «que res­tauran como el pan casero, sin dar náuseas jamás». Su padre había sido jardinero del castillo en el pueblo de Hukelum; cuando murió dejando huérfano a Quintus, la an­ciana condesa sufragó los estudios de éste, que le permitieron alcanzar la cátedra; ahora, su única aspiración es llegar a ser pastor de su pueblo. Siempre que tiene vacaciones, las aprovecha para visitar a su madre, que todavía vive allí. Cuando llega en primavera, «todas las ventanas estaban abiertas, y el jardín llenaba casi la mitad de la estancia con el perfume de sus flo­res».

Como maestro, Fixlein es amado por sus alumnos: «no se enojaba jamás, jugaba con ellos, trataba de usted a los estudian­tes de los cursos superiores, con quienes intercambiaba cartas en latín, y el índice levantado era su único cetro y su única férula». Hubiera sido feliz si sobre él no hubiese pesado una terrible amenaza: casi todos los Fixlein habían muerto al cum­plir los treinta y dos años y él estaba a punto de cumplirlos. Naturalmente, está enamorado; ama a Tiennette, una laboriosa y excelente muchacha que le adora. Pero Fixlein es tímido, y cuando se declara lo hace en una noche de luna y de dramáticas aventuras, que no hacen sino acabar de amedrentarle. El nombramiento de pastor llega finalmente, en la fecha fatal, libe­rándole del peso de la enseñanza y asignán­dole una casa parroquial, idílica como to­das las que aparecen en las novelas ale­manas e inglesas del siglo XVIII; más tarde Tiennette, que sigue siendo pálida y etérea y va vestida de muselina como cuando era soltera, le hace padre de un niño.

Pero precisamente cuando Fixlein empieza a tranquilizarse y a convencerse de que está destinado a una larga vida, llega a sus manos un documento que le revela que no ha cumplido todavía los 32 años, como creía, sino que habrá de cumplirlos al cabo de poco. Enferma del disgusto, y su vida llega a peligrar, pero la amistad le salva. Por fin ha pasado de veras el fa­tídico plazo, y Fixlein puede gozar del trébol de cuatro hojas de su felicidad: su madre, su hijo, Tiennette y su rectoría. Y en el diario donde anota sus mejores pen­samientos, acogidos en la intimidad de sus páginas, podrá exaltar su vida modesta y limitada, y declararse convencido de que «del mismo modo que el Paraíso Terrenal era pequeño, para que los hombres no se desbandaran ni se alejaran unos de otros, también los pueblos son pequeños y estre­chos, para que en el globo terrestre siga habiendo un pedacito de Edén».

B. Allason