Protagonista de la novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (v. Quijote), de Miguel de Cervantes Saavedra (1547- 1616), constituye un auténtico «mito literario»— como Hamlet (v.), Fausto (v.) y don Juan (v.) —, el más universal y profundo de la literatura española.
Cervantes lo concibe, en el aspecto más externo, como pretexto para ridicularizar los libros de caballerías, género ya superado en la época en que vivió el gran novelista español, el cual, por razones principalmente estéticas, sentía una particular prevención contra tales obras, disparatadas, inverosímiles y escritas en un estilo falso y ampuloso. Pero si esta posición «didáctica» justifica la actitud cruel y burlesca adoptada por el autor — y que éste reconoce al darse a sí mismo, en el prólogo del libro, el nombre de «padrastro de don Quijote»—, el personaje se impone de tal modo a su función parodística que se lleva de la mano a su propio creador haciéndole enorgullecerse de haberle dado vida, y no perdonando en la Segunda Parte a Avellaneda el haberle querido usurpar su paternidad.
Al representar en su locura al viejo héroe de aventuras caballerescas que fracasa fuera de su ambiente y de su mundo, el profundo humorismo cervantino resuelve tal antinomia en un auténtico sentimiento trágico que palpita imperiosamente bajo la vestidura cómica de la novela. Don Quijote es el prototipo del hombre bueno y noble que quiere imponer su ideal por encima de las convenciones sociales y de las bajezas de la vida cotidiana, a modo de redentor humano de la prosaica verdad de todos los días que le hiere y ofende, para erigirse en campeón de las más puras esencias del amor, el honor y la justicia. Su misma peregrinación por las polvorientas tierras de la Mancha, entre mesoneros, arrieros y esbirros, en lucha con la realidad dura y mezquina, contribuye a su profunda simpatía humana, incluso en sus equívocos y extravagancias, más de lo que podría hacerlo un triunfo de aureola primitiva, a la manera de Amadís (v.).
Alonso Quijano «el bueno», convertido, en su quimera por un ideal, en don Quijote de la Mancha, es ante todo un hombre de carne y hueso y, como tal, y precisamente en virtud de su misma humanidad, penetra como Hamlet en el mundo de lo universal y de lo simbólico. Hijo de su tiempo, era un hidalgo campesino «de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor». Su historia empieza en la edad crítica de los cincuenta años, esa edad en que, al decir de un humorista contemporáneo, los hombres se enamoran de las sirenas. De recia complexión, «seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza», un casi olvidado afecto juvenil le hace acordarse de una muchacha de El Toboso, a la que convierte en su Dulcinea (v.) o dama de sus pensamientos. Sus rasgos físicos, su alucinada «triste figura», con las viejas armas que ciñen sus huesudos miembros, le rodean de un nimbo de heroísmo que se sobrepone a la caricatura y que se mantiene actualmente más vivo que las idealizadas sombras de un Amadís o de un Roldán (v.).
En la plástica de los albores del siglo XVII debería pensarse en las alargadas llamas de santidad de los cuadros del Greco, o en alguna curiosa escultura, como el retrato del duque de Alba, del palacio de Liria, en Madrid. La creación del personaje don Quijote pudo derivar, según Menéndez Pidal, de Bartolo, caballero grotesco, revestído de armas de papel y montado en un caballo de palo, del Entremés de los romances (v. Ocho comedias, etc.)» o de la antigua historia del Caballero Cifar (v.), en la que al lado del héroe nos hallamos con un Ribaldo (v.) o Pícaro (v.) que guarda puntos de contacto con la figura de Sancho Panza (v.); de Amadis, convertido en caricatura; y aun del mismo Orlando furioso (v.), interpretación irónica del mundo caballeresco que Cervantes conoció y amó, y que sin duda actuó de estímulo para la composición del Quijote, influyendo además en algunos episodios concretos, como el de la cueva de Montesinos.
Pero existieron además casos reales de locura que pudieron sugerir, exteriormente, la idea del gran protagonista de la novela. Se ha pensado en varios personajes apellidados Quijada. Sveng Borberg apunta el caso de don Luis Quijada, secretario de Carlos V y preceptor de don Juan de Austria, cuyos rasgos coinciden con los quijotescos; Astrana Marín piensa en un pariente de la esposa de Cervantes que llevaba aquel apellido; Zapata, en su Miscelánea, refiere el caso de un caballero que enloqueció y que quiso imitar las aventuras de Orlando — como ocurre en el Quijote de Avellaneda — y cuya demencia se explica como una tara hereditaria. Don Quijote, que en su primera salida va solo contra el mundo, necesita una figura que a la vez le sirva de contraste y le preste su hermandad: Sancho Panza, que a partir del capítulo VII será la «llamada del buen sentido», el reclamo a las cosas de la tierra, y que si alguna vez frena la fantasía de su errante señor, otras la deja más profundamente abandonada a su primaria e infantil humanidad.
Don Quijote y Sancho permanecen desde entonces inseparables y opuestos, hermanos y jerárquicamente distintos, dentro de la mejor ley de la variedad y del claroscuro barrocos. Madariaga insinuó la teoría de la «quijotización» de Sancho y de la «sanchificación» de don Quijote, para hacernos comprender cómo una doble corriente de mutuas influencias perfecciona y humaniza la unión de las figuras extremas que mejor han encarnado el idealismo más desenfrenadamente puro y la realidad más simpáticamente limitada y doméstica. Don Quijote irradia esplendores de su grandeza, en contraste con la técnica del humorismo, desde su primera y solitaria salida por los áridos campos de la Mancha, bajo el polvoriento sol de julio, grabando en nuestra memoria las imágenes de su investidura de caballero en la venta, entre arrieros y mozas del partido; en las brutales palizas que sufre de parte de maldicientes y arrogantes, montado en su seco y estilizado Rocinante, tan verdadero en su tragedia animal como falso sería el caballo de leñosa osamenta intelectual que Quevedo describe en un episodio de su Buscón (v.).
He aquí a don Quijote, hermano nuestro y símbolo de amor y de justicia, luchando contra los molinos de viento, eternos castillos de España, el más profundo mito literario nacido de un episodio. Cuando Calderón describe, en una comedia, los alrededores de Breda, los molinos de viento le recuerdan a don Quijote, y todavía hoy, en todas las latitudes, el ingrato chirrido de las aspas en cruz evoca la voz de la criatura cervantina. Pero también se impone, en su doctrina, cuando habla a los cabreros o cuando proyecta su sombra de místico del Greco ante la mesa de una venta, entre soldados, nobles y artesanos, exponiendo, en el discurso de las armas y de las letras, la teoría de las dos Españas del siglo XVI, las dos posiciones del tiempo de Carlos V: la heredada de don Juan de Austria, el héroe de Lepánto, y la de la burocracia escolástica y teológica del enlutado Felipe II.
En las tinieblas de la noche, su figura crepuscular se destaca entre las antorchas de la aventura del muerto, sugerida quizá por el traslado a Castilla del cadáver de San Juan de la Cruz, aproximando así la divina locura del más poeta e iluminado de los místicos españoles con la locura humana del más justiciero y castamente enamorado de los caballeros. Su figura oscila entre el dolor de los palos de los arrieros y de los segovianos, las befas de los duques superficiales y la victoria sobre el Caballero de los Espejos, en los campos más verdes y floridos o en la doble luz de ficción y de novela de las figuras del retablo de maese Pedro. Además, deja la doliente grupa de su buen caballo de carne para montar a Clavileño, que le habrá de transportar, en su fantasía, por encima de las nubes y de las estrellas, como nuevo Pegaso del soñador de las más bellas ilusiones; o penetra en las entrañas de la tierra para descubrir los estalactíticos secretos de la novela aún más loca de la cueva de Montesinos, juntamente con la obsesión por el encanto de Dulcinea.
Precisamente porque es un hombre concreto, desde lo sublime a lo grotesco, don Quijote puede elevarse a la categoría de símbolo y mito literario, como Hamlet, su pálido hermano, más próximo a él que el abstracto Segismundo (v.) de Calderón o que el mismo Fausto goethiano. Los personajes de don Quijote y su escudero Sancho aparecen, en función de la novela en que se hallan, de maneras distintas en sus dos partes. En la Primera, conjuntamente con los episodios que de un modo directo se refieren a las dos figuras centrales y que en gran parte son los más famosos, como mito literario, de toda la obra — molinos de viento, rebaños de ovejas, aventura del muerto, conquista del yelmo de Mambrino, liberación de los galeotes, acontecimientos diversos en la venta, etc. —, una gran variedad de temas se insertan ya indirectamente, ya en forma completamente lateral y por completo extraña, en la historia de don Quijote y de Sancho.
Esos episodios reúnen todos los géneros novelescos a la moda: el pastoril, el amoroso a la manera italiana, el morisco, la «novela ejemplar», etc. Pero en la Segunda Parte, el mismo Cervantes nos dice que el lector, indudablemente con penetrante intuición, preferiría las hazañas y las conversaciones de don Quijote y de su escudero a los demás asuntos, apenas relacionados con ellos: la intervención de los protagonistas, por ejemplo, en las bodas de Camacho, cae de lleno en la misma línea de la acción, con la que se enlaza en la forma más natural. Alcanzada la cumbre de la madurez, el novelista se divierte presentando a don Quijote ora en episodios triunfantes, como en la victoria sobre Sansón Carrasco (v.) bajo la apariencia de Caballero de los Espejos, o en la aventura del carro de los leones, ora en la suave intimidad preazoriniana de la casa del Caballero del Verde Gabán, o al recoger la rebelión del personaje ante su falso autor Avellaneda, que Américo Castro ha calificado de prepirandelliana.
Observemos cómo, hacia el final de la novela, va triunfando el «quijotismo», no sólo en la manera de ser de Sancho, sino en toda la inmensa red de aventuras del capítulo de los duques, donde el mundo caballeresco se impone en la vida y en los sentimientos, con la simulación de la burla, constituyendo una formidable puesta en escena de toda una sociedad que entra en aventuras y puebla campos, castillos y aldeas, de ínsulas, cabalgatas y seres fantásticos y grotescos. Además, en toda la Segunda Parte se observa una evolución hacia la cordura de don Quijote—que parecía a don Diego de Miranda «un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo» —, desviada por la propia fantasmagoría construida a propósito en los episodios de los duques. Vencido el protagonista en Barcelona, la novela termina con el dolor de la peor derrota sufrida por el caballero errante, su angustioso regreso a su aldea y el recobramiento de su razón en su lecho de muerte.
Para Unamuno, la muerte de don Quijote se parece al tercer acto de La vida es sueño (v.), en que Segismundo, venciéndose a sí mismo, rechaza las fingidas sombras de sus sueños y acepta la verdad de la otra vida y la segura tabla de la fe que apaga sus ansias de inmortalidad. Entre la Primera y la Segunda Partes auténticas de Cervantes apareció el segundo tomo del Ingenioso hidalgo don Quijote… del licenciado Alonso Fernández de Avellaneda. Cervantes se disgustó mucho con la usurpación y con el tono de desdén empleado por Avellaneda en sus observaciones, y, en el prólogo de la Segunda Parte y en los capítulos finales, satirizó duramente al autor apócrifo que se oculta bajo un pseudónimo. El Quijote de Avellaneda falsifica la concepción fundamental del tipo, convirtiéndole en un carácter vulgar, brutal y monomaniaco, sin flexibilidad ni gracia.
El siglo XVII comprendió a don Quijote sólo en su parte más exterior y cómica. El Romanticismo, especialmente el alemán, valorizó el tipo de don Quijote interpretándolo como un carácter humanamente melancólico y de profundo contenido filosófico. En el prólogo a su versión alemana de la novela, Heine dice que de niño lloraba leyendo las derrotas y palizas del héroe; pero en su madurez comprendió su doble plano de humorismo y. de dolor, de emoción y de ridículo, del cual fluye «la sátira más formidable contra la exaltación humana». A. W. Schlegel ve en don Quijote la eterna lucha entre la prosa y la poesía de la vida; Schelling, el cuadro más universal, más profundo y pintoresco de la vida misma. Su esencia se halla en la lucha de lo ideal con lo real; y, por lo mismo, ve en el Quijote el modelo de la novela más adaptada a su época. Jean Paul Richter subraya su aspecto humorístico.
Turguenev, en su ensayo Hamlet y don Quijote, precisa la actitud admirativa de su generación de grandes novelistas: don Quijote es el problema de la fe en algo eterno e inmutable, en algo superior al individuo. Vive para hacer triunfar a la justicia sobre la tierra. Hamlet convierte su yo en el centro del mundo, mientras don Quijote se sacrifica por los demás. Y aunque en las situaciones ridículas su alma grande y heroica nos mueva a la risa, ésta es una risa conciliadora, una especie de expiación. La generación española del 98 encuadra a don Quijote en las dolientes tierras de Castilla. El profundo ensayo de Unamuno Vida de don Quijote y de Sancho (v.), aplica el «sentimiento trágico de la vida» al libro de Cervantes. Don Quijote vive su deseo de fama y de inmortalidad, Dulcinea significa la gloria; y a través del ensayo se señalan los numerosos punto de contacto con la vida de San Ignacio de Loyola, ya puestos de relieve por un comentarista holandés.
Rubén Darío le dedica su magnífica Letanía de nuestro señor don Quijote, donde el héroe aparece «coronado de áureo yelmo de ilusión, / que nadie ha podido vencer todavía, / por la adarga al brazo, toda fantasía, / y la lanza en ristre, toda corazón». En la nueva poesía española, don Quijote es el^ mito de la libertad y la esencia de España, en los versos anárquicos y exaltados de León Felipe. Se ha dicho que «hay tantos Hamlets como melancolías». La historia de la cultura demuestra la constante renovación del mito de don Quijote para los sedientos de ideal y de justicia de todos los tiempos y de todas las confesiones.
A. Valbuena Prat

