Figura característica de la novela Nuestra Señora de París (v.), de Victor Hugo (1802-1885), Quasimodo nace del Romanticismo (v.), del cual representa violentamente los contrastes y las deformaciones.
Enano, jorobado, de feo rostro, casi sordo — ensordecido por las campanas de Notre Dame, de las que se cuelga todos los días para hacerlas sonar, embriagado por su gigantesca resonancia—, pero dotado de extraordinaria fuerza, Quasimodo odia a toda la humanidad normal que le humilla y se burla de él, pero, en realidad, está hecho para amar, y su vida halla una razón de ser en la fantástica adoración que siente por su padre adoptivo, el sombrío Claudio Frollo (v.). Más tarde, sobre este afecto se sobrepone su muda y acongojada ternura por Esmeralda (v.), que acaba transformando aquel sentimiento en un odio implacable y justiciero, en cuanto Quasimodo se da cuenta de que precisamente Frollo es el causante de la desdicha y la muerte de su dulce protegida.
Todo, en este personaje, se funda en el contraste de motivos opuestos: la absoluta lealtad a su protector, primero, frente al rencor incurable hacia los hombres; la ternura por Esmeralda en contraposición a su propio aspecto monstruoso; la pena a que es condenado a pesar de su inocencia, y finalmente, el gesto con que castiga a Frollo, a quien tanto había amado: jamás la fórmula de un personaje guardó más rigurosa coherencia. Y sin embargo, Quasimodo vive no tanto su vida cinematográfica (no en vano debía sugerir a Lon Chaney una de sus más características interpretaciones) y apocalíptica, como una existencia más vastamente alusiva en la que parecen resumirse todos los caracteres de una concepción victorhuguesca que hallamos también en el Triboulet (v.) de El rey se divierte (v.), en el Gwynplaine (v.) de El hombre que ríe (v.) y en el Jean Valjean (v.) de Los miserables (v.) y que tiende a considerar la vida como una continua purificación del hombre a través del dolor que le infiere una especie de injusticia cósmica.
U. Déttore

