Queequeg

Personaje de la novela Moby Dick (v.) del escritor americano Her­mán Melville (1819-1891). Por las calles de un pueblo de Nueva Inglaterra, Queequeg lleva, como si fueran cebollas, una sarta de cabezas humanas embalsamadas y acar­tonadas.

Su tez, caoba y negra, está , sem­brada de manchas amarillas y purpúreas como contusiones, y un flequillo rizado sobre la frente constituye toda la cabellera de su cráneo rojizo. Su vigoroso y enjuto cuerpo está tatuado de pies a cabeza con «una completa teoría de los cielos y de la tierra». Su padre es rey y su tío gran sacerdote; su sangre real es la sangre de los caníbales, pero su pureza ha sido con­taminada por un largo contacto con la cristiandad. El noble salvaje, abandonando el cetro por el arpón, dejó su isla natal del mar Pacífico para aprender de los cristia­nos los secretos de la felicidad y la virtud.

Alejado de su pueblo por las veinte mil millas recorridas en el barco ballenero, se encuentra con que su desilusionado descu­brimiento del mundo occidental le ha des­terrado de su trono y de su país, pero se siente extranjero en ese mismo mundo que le decepciona. Una noche, al volver de paseo, entra en la oscura habitación que durante su ausencia ocupa el narrador, Is­mael (v.); se desnuda, saca de su petate un idolillo jorobado de ébano, lo adora ofreciéndole una galleta que quema en el fuego sacrificial, fuma una pipa en forma de pequeña hacha india, y se arroja sobre el lecho de Ismael. El terror de éste es seguido por un intercambio de cortesías y de amistosas sonrisas; al fin y al cabo, piensa Ismael, Queequeg no es más que «un simpático caníbal» y «una criatura hu­mana igual que yo».

Por la mañana, al des­pertar, Ismael se halla enlazado por los brazos de Queequeg en un «abrazo de es­poso». La cortesía se ha convertido en amis­tad, y la amistad en amor. En los exóticos rasgos del extranjero se adivina «un corazón honrado y sencillo, y en sus ojos, gran­des y profundos, de un negro vivo y au­daz…, un valor que desafiaría a mil dia­blos». Queequeg tiene el noble porte de «quien jamás se ha arrastrado ante nadie ni jamás ha tenido un acreedor». Por su humana dignidad, por su generosidad, su valentía, su seguro amor, su ignorancia de «civilizadas hipocresías y engañosas dulzu­ras», por la serenidad con que acepta su soledad moral, Ismael, el «huérfano rechazado de todos», es redimido del odio que sentía por la humanidad.

«Dijo que a par­tir de aquel momento estábamos casados, indicando, con esta expresión de su país, que… de buen grado se hubiera dejado matar por mí». Y en efecto, Queequeg, en su papel de pagano Salvador, muere por Ismael: del hundido casco del «Pequod» — a cuyo bordo habían zarpado con Acab (v.) a la caza de Moby Dick (v.), Ismael, como simple marinero, y Queequeg como arponero — se remonta hacia la superficie el féretro de un negro exilado de la bar­barie que debe ser la boya de salvación y la «cuna» de un blanco desterrado de la cristiandad. La enigmática figura de Quee­queg es en Melville una burlesca trans­cripción literal del «canibalismo» — el prin­cipio de la «feroz destrucción perenne» que sirve de base a toda la existencia —, que constituye uno de los mayores motivos simbólicos de su obra. El amor que une a Queequeg con Ismael es el mismo que más tarde unirá a dos proscritos america­nos, Huckleberry Finn (v.) y Jim, el negro esclavo fugitivo, en una común visión de la ideal excelencia humana y en una común aceptación de una extremada condición hu­mana.

En la subterránea fantasía america­na de donde brotan esos dos matrimonios espirituales, el «salvaje», negro o piel roja (v. Tío Tom y Chingachgook) con su ins­tintiva concordancia con la sencilla y «esen­cial» verdad humana — una verdad en la que extrañamente se funden (v. Billy Budd, Natty Bumppo y Perla) la doctrina moral de Cristo y la implacable «ley natural» del universo orgánico — redime al civilizado hombre blanco de la complicación, el arti­ficio, la falsedad y la inhumanidad. La li­teratura y la vida americanas se han man­tenido fieles a esta fantasía durante más de un siglo y medio; sólo en los últimos años, en la obra de Faulkner y de otros, explícitas precisiones han revelado su agotamiento.

S. Geist