Pyncheon

Es la familia de los prota­gonistas de la novela La casa de los siete altillos (v.), del escritor americano Natha­niel Hawthorne (1804-1864).

Con sus su­frimientos, sus involuntarios crímenes y sus muertes, ese Atreo norteamericano y sus descendientes aplacan la furia de las Euménides. Al mismo tiempo, dan cumpli­miento a la profecía del Antiguo Testa­mento según la cual los pecados de los padres recaerán sobre sus hijos hasta la séptima generación: la tragedia esquiliana y la profecía bíblica son para Hawthorne versiones diferentes de una misma verdad «mitológica» o «infrahumana». El drama de los Pyncheon, trasladado de las abiertas llanuras de Israel y de Grecia a la cerrada «casa» de la conciencia puritana — la casa de los siete altillos —, se convierte en una representación de la «historia natural» del alma humana, de las rigurosas y destructi­vas «leyes» de la naturaleza orgánica a que el alma, mientras viva, está sujeta (v. Perla), y de la subterránea forma dra­mática de aquella vida.

El Atreo de Haw­thorne, fundador de una genealogía maldi­ta, es el coronel Pyncheon, militar y ma­gistrado en un pueblo de la Nueva Ingla­terra colonial. La maciza presencia moral y física de ese puritano autócrata parece resultar aún más tiránica por obra de la «rigurosa y ponderada cortesía de su tra­to». Bajo una máscara de severa pero in­corruptible virtud, ese puntal de la socie­dad disimula una voluntad «de hierro», un corazón de «hielo» y un espíritu astuto, arrogante, cruel y codicioso. Despiadado como acusador y terrible como persegui­dor, Pyncheon adquiere la tierra en que quiere construir su palacio mandando ahor­car por brujería a su propietario Matthew Maulé. Pero éste, desde el patíbulo, lanza a Pyncheon una maldición que no tarda en realizarse: el día de la inauguración de la casa, el coronel aparece muerto.

El «pe­cado original» del coronel y la maldición por éste provocada se convierten en una herencia familiar que oscurece y destruye las vidas de las sucesivas generaciones: cada heredero debe «recaer nuevamente en la gran culpa de su antepasado y asu­mir todas las responsabilidades originales de éste» (v. Miriam). Durante doscientos años, en la casa de los Pyncheon reinan «un perpetuo remordimiento, una esperanza constantemente frustrada, una lucha entre parientes que acarrea diversas calamidades, una singular forma de muerte, una som­bría sospecha y una indecible desventura». La «séptima» generación consta de tres personas. Una de ellas, el juez Geoffrey Pyncheon, difiere del coronel únicamente por el superficial refinamiento de sus mo­dales.

Conocido por su elegancia en el vestir y por la blanda benignidad de su sonrisa, ese robusto, rico, potente, pompo­so y untuoso hombre político ofrece a sus electores una imagen pública de sí mismo que, con su adornado esplendor, hace pen­sar en «un palacio». Pero bajo el palacio está sepultado el «cadáver, todavía en des­composición», que da a su vida «toda la realidad que puede poseer»; la «secreta abominación… es el alma miserable de ese hombre». Retirada en la vieja mansión vive una prima del juez, Hepzibah, «una virgen agostada y desvaída, de anquilosa­dos -miembros», sexagenaria, dura de ros­tro, anticuada en sus vestidos y en su len­guaje y consumida por largos años de so­litario sufrimiento. Hepzibah permanece en la casa por su voluntad; porque «huir» es repudiar, como hace el juez, el peso de aquella maldición atávica que es su «peso y sustancia moral» de mujer: su identidad.

Y la grotesca solterona, con su ridículo turbante y sus miopes ojos, asume, gracias al papel que toma en el drama de la casa, la trágica dignidad que Hawthorne reser­va a los personajes que aceptan enteramen­te la realidad de sus vidas (v. Ester Prynne). A ella se une su hermano Clifford, que hasta su vejez ha permanecido en la cárcel a que muchos años antes le conde­nara el juez Pyncheon por un asesinato que en realidad éste había cometido. Tras haber pasado de una a otra cárcel, Clifford se ha convertido, como su hermana, en un espectro que obsesiona la casa a modo de conciencia familiar. En ese frágil, tímido y melindroso anciano, cuya prematura se­nectud se parece a una segunda infancia, sólo quedan, de aquello que fue en su ju­ventud sensible y sutil espíritu poético, un febril esteticismo y una sibarítica debili­dad.

Entre él y el mundo hay «un opaco velo de decadencia y de ruina». Contem­plando día tras día la calle desde su ven­tana aquel «abortado amante de la be­lleza», ahora impotente y estéril espectador de una vida que jamás vivió, intenta fre­néticamente apoderarse con los ojos de aquello que no puede tocar. Su afán de tocar algo, lo que sea, adquiere caracteres de sensual pasión, próxima a la lascivia y a la gula. Sin fuerzas para soportar el re­cuerdo de su pasado, y carente de todo posible porvenir, Clifford sólo tiene «este visionario e impalpable ‘ahora’ que, en cuanto se ve de cerca, resulta no ser nada». Con la muerte del juez, la maldición de la casa de los Pyncheon queda consumada. De su oscuridad y opacidad moral surgen, a una mortecina luz secular, el joven daguerrotipista Holgrave (v.) y su esposa Phoebe, la «octava generación» de los Pyn­cheon.

Algunos lectores de Hawthorne se exasperan comprensiblemente ante la figu­ra de esa lozana primita campesina, toda naturalidad, y no toleran su insípida dul­zura juvenil, su alocada y coquetona ino­cencia de pájaro ni la «magia natural» con que, como si trenzara flores, derrama por doquier su alegría y su casero sentido de la seguridad. Pero Phoebe no sale del os­curo universo mitológico de los Pyncheon como una persona humana evolucionada, sino como Eva, la primera mujer, al lado de Adán, el primer hombre, en un nuevo jardín del Edén. Con esa pareja termina el drama mitológico y se abre un nuevo mundo: un mundo a cuya claridad sin som­bras Hawthorne, como hombre, daba su vacilante y equívoco asentimiento, pero en el que Hawthorne, como poeta de las más íntimas profundidades del alma, no podía vivir.

S. Geist