Pulgarcito

[Petit Poucet]. Protago­nista de un cuento de Charles Perrault (1628-1703) contenido en su colección His­torias y relatos de antaño (v.).

Su tamaño no es mayor que el dedo pulgar, pero es astuto y audaz. Cuando sus padres, dema­siado pobres para mantener a su prole, le abandonan en el bosque junto con sus seis hermanos, el pequeño, que algo malo se teme, siembra por el camino piedrecitas blancas, lo que permitirá a los niños re­gresar a su casa. Llevados otra vez al bosque, siembra migas de pan; pero los pajarillos se comen las huellas y los niños se extravían. Llegan a la cueva del Ogro y sólo la astucia de Pulgarcito los libra de la muerte.

Mientras el gigante duerme, el pequeño le quita las botas de siete leguas y huye llevándose consigo el tesoro del Ogro. Pulgarcito es también el héroe de un cuento refundido por los hermanos Ja­cob (1785 – 1863) y Wilhelm (1786 – 1859) Grimm en el relato que lleva su nombre (v. Cuentos infantiles y del hogar). Tan listo como diminuto, Pulgarcito renueva el mito universal de David (v.) y se convierte en un representante no menos famoso que aquél de la victoria de la causa justa con­tra el Maligno incluso cuando las fuerzas son desiguales. En la tradición alemana, Pulgarcito (Daumesdick) es un alegre bribonzuelo que no tiene miedo a nada: un verdadero héroe infantil que triunfa de todo aquello que los niños suelen conside­rar pavoroso e insuperable.

Tal sigue sien­do en la tradición nórdica y particularmen­te en la letona, en la que bajo el nombre de Spriditis, goza de generales simpatías. Pero se convierte en un auténtico personaje en el cuento dramático (v. Pulgarcito) de Ana Brigadere (1861-1933), al que puso mú­sica Jánis Médins. En éste, Pulgarcito se hace más humano y atraviesa una evolución ética que le convierte en un ser completo. Es bondadoso, pero no sabe reconocer sus errores ni apreciar el amor de quienes le rodean.

Por ello abandona a su anciana abuela y a la pequeña Lienice, que le ama, para marcharse por el mundo; arrostra em­presas temerarias, pero el miedo le asalta a menudo y le hace proferir agudos chilli­dos; en su pequeña epopeya aprende a co­nocer el dolor, la generosidad, el arrepen­timiento, el remordimiento y finalmente vuelve a casa enriquecido por sus expe­riencias con un sentido humano que le per­mite comprender y amar. Así, el pequeño triunfador cumple el viaje, caro a los sim­bolistas del Romanticismo y de la deca­dencia, cuya última meta coincide con el punto de partida, transfigurado por la nue­va sensibilidad adquirida durante su erra- bundeo. Ello le hermana con los dos pe­queños protagonistas de El Pájaro Azul (v.) de Maeterlinck.

M. Rasupe