Príncipe de Homburg

[Prinz von Homburg]. Protagonista del drama de su mismo nombre (v.) de Heinrich von Kleist (1776-1811). El poeta, partiendo de un epi­sodio real acontecido en la batalla de Fehrbellin, imagina que el príncipe de Hom­burg, contraviniendo las órdenes recibidas, atacó con su cuerpo de caballería al ene­migo y obtuvo una aplastante victoria; sin embargo, como frente al código de dis­ciplina militar había delinquido, fue con­denado a muerte: él, por su parte, protesta contra la pena que se le quiere infligir, invocando su derecho a la vida.

¿Deben prevalecer los derechos del hombre, que no conocen imposiciones ni leyes, especial­mente cuando la culpa ha redundado en beneficio de todos, o debe imponerse el rí­gido respeto a la ley? De este dilema nace el conflicto dramático que se interioriza, o sea acaba desarrollándose en la propia conciencia del príncipe, y se resuelve en ella con el pleno reconocimiento del respe­to absoluto que se debe a la ley. Así, por primera vez, en la obra poética de Kleist el dominio del sentimiento cede al de la razón; el sentido del límite y de la mesura prevalece sobre el impulso de las pasiones humanas y la lucha del deber contra toda exigencia individual termina victoriosamen­te: el hombre, por su propia voluntad y plenamente consciente de sus responsabili­dades, se somete a una ley superior, como es la del Estado.

Y con la conciliación de los términos del conflicto, se logra un drama con final feliz, ya que el príncipe, en cuanto reconoce su culpa, puede ser perdonado. El drama de Kleist guarda evi­dentes puntos de contacto con los últimos dramas de Schiller, aunque con la diferen­cia de que, mientras en el Wallenstein (v.) o en la Doncella de Orleáns (v. Juana de Arco), la superación de las pasiones huma­nas lleva siempre consigo un sacrificio in­dividual, en el Príncipe de Homburg tal superación y la consiguiente catarsis pue­den producirse sin necesidad de aquel sa­crificio. Indudablemente, la figura del prín­cipe es, en potencia, altamente dramática, pero en el drama de Kleist presenta no pocas fallas de orden lógico y artístico, que hacen de ella el personaje más defectuoso de la obra.

En efecto, es difícil creer que a un hombre que sufre de sonambulismo se le confíe el mando de un importante contingente militar durante una batalla deci­siva; pero aun si se dejan a un lado esta y otras incongruencias análogas, resulta difícilmente conciliable con nuestro senti­miento de la dignidad humana el tremendo terror que el príncipe muestra ante la muerte. Finalmente, puede salvar la vida, pero esta solución no nos satisface, ya que, ¿qué simpatía puede suscitar un hombre que, después de su ciego temor a ser cas­tigado, quiere a toda costa purificarse de su culpa con la muerte, pero acepta final­mente el perdón? Entre los dos momentos de una y otra reacción opuestas, o sea entre un desenfrenado afán de vida y una indomable voluntad de morir, sólo cabe imaginar en el príncipe el desarrollo de un íntimo y angustioso conflicto; pero tal desarrollo no existe o al menos se mantiene oculto, de modo que la transformación que en el príncipe se opera guarda mayor ana­logía con el brillar de un relámpago que con un claro rayo de luz, y parece más bien un efecto escénico que la conclusión motivada de una tortura interior.

R. Bottacchiari