El Príncipe Ciubar

[Ciubăr-Vodă]. Personaje legendario rumano al cual alu­den las viejas crónicas moldavas y que tal vez gobernó durante dos meses en 1451.

Parece que se trata de un general hún­garo, Nikolái Ciupor, que, por haber ayu­dado al señor de Moldavia (Pedro o Este­ban), a conquistar el trono, fue instituido heredero suyo cuando aquél murió. En la leyenda, Ciubar tiene un hijo único, Bogdan, y quiere que éste se case para per­petuar su linaje. El joven elige por mujer a un hada, pero mientras se celebran las bodas sobreviene una incursión de tártaros. Mientras todos se arman, Ciubar’ corre a defender la iglesia, saqueada por el «kan» tártaro, que pisotea la imagen de la Vir­gen y se apodera de sus joyas.

El tártaro, no pudiendo vencer a Ciubar con las armas, le abate por medio de artes mágicas, le corta la cabeza y la clava en una pica, mientras el cuerpo desaparece. Pero Bogdan, por su parte, da muerte al «kan» con un puñal encantado, y los tártaros son desbaratados sin gran dificultad. Ciubar y su leyenda no tuvieron fortuna, pues la fantasía del pueblo moldavo se apoderó de esa figura de extraño nombre (Ciubăr sig­nifica barreño) y creó una leyenda en la que la palabra «Guz-hani», o jefe (kan) de los tártaros Guzi, es transformada en la más conocida de «guzgani» (ratones) y el príncipe héroe, tras haber sido muerto por los tártaros, acaba siendo devorado por los ratones.

Vasile Alecsandri (1819/21-1890), en su drama El príncipe Despot, le hace vivir más de un siglo más tarde y acentúa sus rasgos fantásticos, convirtiendo a Ciubar en un tipo que se sitúa entre el rey Lear (v.) shakespeariano y el tradicio­nal bufón cortesano de los dramas román­ticos. Es un personaje evidentemente arti­ficioso que sirve para subrayar por con­traste los efectos dramáticos y hacer posi­ble la evasión de Despot. Ciubar se cree príncipe, lleva continuamente corona y manto, quiere que todo el mundo le honre y da muestras de una credulidad y un miedo infantiles. Como muchos locos, hace observaciones profundamente cuerdas y, tras haber recobrado finalmente la razón, se hace monje y se convierte en valeroso de­fensor de la fe.

La leyenda de Ciubar- Voda inspiró también a G. Topirceanu (1890-1937), quien en su volumen Cartas sin dirección [Scrisori fără adresă] escribió una divertida parodia de las viejas cróni­cas rumanas, narrando a base de documentación apócrifa y en estilo arcaico muy bien imitado, la fábula que el pueblo creó alrededor de aquel personaje.

G. Lupi