Personaje de la novela Guerra y paz (v.), de León Tolstoi (Lev Nikolaevič Tolstoj, 1828-1910). Al lado del príncipe Andrés Bolkonski (v.), Pierre es uno de los dos verdaderos protagonistas de la novela.
Desde muchos puntos de vista constituye la antítesis del príncipe Andrés, en una forma tan marcada que su personalidad resulta del contraste entre ambos caracteres: Andrés es taciturno, reservado y encerrado en sí mismo, mientras Pierre es expansivo, comunicativo y se interesa por la vida que se mueve a su alrededor. Hay en él cierta dosis de absorta ingenuidad y de campechanía; la vida activa no le atrae, a pesar de que está convencido de la necesidad de ser útil y obrar el bien; al contrario del enérgico y voluntarioso Andrés, es abúlico y se deja naturalmente influir por los demás en lugar de imponerles su propio influjo.
Por lo mismo que tiene afición a la filosofía imaginativa, se abandona fácilmente a los estados de ánimo momentáneos, demostrando así, una vez más, su sinceridad y su franqueza. Mientras en Bolkonski predomina el elemento intelectual, en Pierre se hace sentir sobre todo el motivo, pero el resultado es el mismo en ambos: la vida es para ellos algo muy serio, una importante misión moral que debe llevarse a cabo conscientemente. Uno y otro buscan una solución, pero mientras Andrés la halla o cree hallarla en una propia y personal actividad práctica que le absorbe por completo, Pierre no se detiene ni se calma jamás. Desde este punto de vista nos recuerda, bajo una apariencia más madura, al Nikolenka (v.) de Infancia, adolescencia y juventud (v.), al Nechliudov (v.) de la Mañana de un propietario (v.), al Olenin (v.) de Los Cosacos (v.), o sea al propio Tolstoi, mientras el príncipe Andrés es un representante de las ideas de la Ilustración, importadas de Francia a Rusia, Pierre es, en cierto sentido, un representante ruso de las ideas de J. J. Rousseau.
Y como se sabe, Tolstoi demostró siempre por Rousseau un interés muy marcado. La influencia rousseauniana explica también el experimento que Pierre intenta hacer al entrar en el movimiento masónico de su época, fundado esencialmente en la actividad filantrópica. Pero más que ésta, atrae a Pierre la pretensión que las ideas más o menos místicas de los masones tenían, de contribuir al perfeccionamiento moral del hombre (pretensión cuya fuente literaria puede encontrarse en Eckarthausen). La desilusión resultante de esa experiencia masónica es muy característica, porque de ella deriva la aproximación de Pierre al pueblo a través del trato con los soldados, y especialmente con Platón Karataev (v.), en el campo de batalla de Borodino.
Esta segunda experiencia es una de las más profundas de la vida de Pierre y da origen a la crisis generadora de la «fe en la vida», coronada por el amor a Natacha (v.) y por el redescubrimiento del «ubi consistam» en la vida familiar. Tolstoi debía anunciar muchas actitudes que luego hubieron de ser características de la literatura romántica; en algunas páginas de Ana Karénina (v.) vemos representarse aquel mismo despliegue incontrolado del pensamiento en el soliloquio, como si aflorase por el mero hecho de la copresencia de impresiones diversas, que habrá de ser uno de los motivos dramáticos característicos de una amplia producción de nuestra postguerra; Pierre Bezuchov es quizás el primero, y sin duda el mayor, de aquellos personajes que «se asisten» a sí mismos, como si su vida se desarrollase ante sus ojos con completa independencia de ellos, con quienes les uniría sólo una afanosa e insatisfecha ansiedad de comprensión.
Esa actitud, impuesta a Pierre, como a los personajes que más tarde se emparentarán con él, por la transición violenta de los tiempos en que vive, adquiere sin embargo en Pierre un significado peculiar gracias a la decidida y terca obstinación que le impulsa a buscar, sea como sea, una conclusión: por ello, más que un fin en sí misma, es un medio de iniciación. A ello se debe que la alucinada cinematografía que desfila ante los ojos de Bezuchov adquiera un sentido de religiosidad absoluta. Por otra parte, aquél no es sólo un contemplativo: su vida, como la de Levin (v.), transcurre en dos planos: en el uno es absolutamente receptivo, ve, oye, razona y asiste, como desde fuera, al propio afán analítico e inútil de sus razonamientos; en el otro, casi sin darse cuenta y -concediendo escasa importancia a lo que hace, obra.
Y su acción es un lento y discontinuo revelarse del hombre a sí mismo; durante largo tiempo Pierre, constantemente en busca de su propio ser, no se da cuenta de esta existencia secreta y activa de su propio yo, que se despliega decidida y es siempre indicio de una forma moral interior. Pierre no sospecha que los gestos secundarios, las emociones espontáneas o las reacciones impulsivas le representan mucho más a fondo que la fatigosa agitación de sus ideas, de sus problemas y de sus dudas. Pero, al igual que ocurrirá más tarde con Levin, Pierre va poco a poco acercándose a una verdad eterna que encuentra en el hombre vulgar su natural e inconsciente receptáculo, y, conquistándola, conquista a la vez para siempre su propia humanidad.
E. Lo Gatto

