Pierrot

Es un personaje de la antigua «commedia dell’arte», trasplantado a Fran­cia. Su nombre primitivo era Pierotto y como tal aparece en la escena desde el si­glo XVI.

Empezó por ser saltador y baila­rín y llevar la cabeza envuelta en una especie de pañolón blanco, una amplia chaqueta blanca y largos calzones grises o pardos. En el siglo XVII empieza a des­empeñar el papel de Trivellino y aparece como servidor o campesino, unas veces afín a Polichinela (v.), otras a Arlequín (v.), alocado pero agudo, en general, hábil en alternar la recitación con el canto. Así le hallamos en Molière. A fines del si­glo XVII, cuando las mejores compañías cómicas italianas se hubieron establecido en Francia, Pierrot encontró allí su patria adoptiva; entonces viste ya por completo de blanco: blanca es su amplísima chaque­ta, blancos sus anchos y largos calzones ora sueltos, ora atados al tobillo, blancos sus zapatos y blanco el gran sombrero de fieltro en el que enarbola a veces una plu­ma de faisán y que cubre su característico pañolón anudado sobre la nuca.

Este fan­tasma tañedor de guitarra y de laúd, can­tador y saltimbanqui, empieza a adquirir algo de canallescamente misterioso en las parodias de Caloret, Fugelier, Lesage y Pa­nard; en 1769, Clairval es el Pierrot del Tableau parlant de Grétry. En el siglo XIX el Romanticismo vuelve a crearle; aquella ondeante figura era la máscara misma de la melancolía, espectral y reidora, senti­mental y astuta. Al igual que sucede con Arlequín, el hábito prevalece sobre el tipo: los postrrománticos y los parnasianos se aproximan a Pierrot con nuevas curiosida­des, y así aparece el Pierrot lunar y meta- físico de Jules Laforgue, el Pierrot assassin de safemme, de Margueritte, y Le docteur blanc, de Mendès. Pero Pierrot halla su vida completa en la pantomima: superior a sí mismo, busca en el silencio una nueva expresión: la palabra podría traicionarle.

Y he aquí Les funambules, de Deburau, Les Folies nouvelles, de Legrand, o L’histoire d’un Pierrot, de Costa. De rostro pá­lido, con los ojos bordeados de bistre, la cabeza envuelta no ya en el blanco pañuelo sino en un negro casquete, y la chaqueta punteada por grandes botones negros, el Pierrot sentiipental y misterioso, lánguido, apasionado y taciturno, ha nacido y sigue siendo para nosotros el -único concebible.

U. Dèttore