Píerre

Protagonista de la novela Pierre o la ambigüedad (v.) del escritor ame­ricano Hermán Melville (1819-1891). Escri­ta después que Moby Dick (v.), esta obra completa la historia de la ballena, aunque dramáticamente la precede.

Entre las dos, si bien una es una obra maestra y la otra un aborto, representan un único y mismo drama del espíritu, que empieza como un «viaje» a las profundidades del alma, em­prendido en medio del horror, por un jo­ven, delicado y caballeresco hidalgo cam­pesino; continúa con la «mutilación» del héroe por obra de los monstruos que habi­tan aquellas profundidades; y termina con la destrucción de aquél — transformado en vengativo cazador de ballenas, cojo y re­bautizado con el nombre de Acab (v.) —por parte de Moby Dick (v.), en quien hay que ver la encarnación de todos los mons­truos. Concebido como un Hamlet (v.) ame­ricano, Pierre es un «hijo de rey»; las di­versas formas de excelencia de una familia ilustre culminan en este su hijo y único heredero.

Pierre tiene salud, riqueza, be­lleza, cultura, refinamiento, gracia — todo, en una palabra—, excepto el conocimiento moral, para adquirir el cual, a semejanza de Hamlet, deberá convertirse en «una flor de virtud segada por una demasiado rara desventura». Con el abrumador y repenti­no descubrimiento, a través de un^ mis­teriosa hermanastra, de que bajo «los superficiales e ilusorios placeres» de su existencia (v. Miriam) se halla un «mundo escondido», el elegante jinete y poeta ana­creóntico se transforma en el héroe trágico melvilliano: aquel «que cava a fondo», el hombre que, cortando todo vínculo con las formas evolucionadas de la civilización, emprende el rumbo hacia el salvaje e in­explorado «océano» del alma humana.

Por su tentativa de pasar de la Convención a la Realidad, Pierre, como Ismael (v.), es arrojado al «desierto», donde escribe el Moby Dick. Acosado por el Destino (que en Melville tiene el sentido primario de una necesidad interna), consagrado a la Virtud (que tiene un sentido esencialmente cristiano «ante litteram»), e inclinado sobre la Verdad (conocimiento moral total y sin compromisos), Pierre se convierte en el «Loco» y el hazmerreír de los tres. Y se hunde en el «rugiente infinito», donde los tres (como todas las demás categorías for­males— metafísicas, psicológicas, morales y dramáticas — con que el hombre del mun­do occidental ha intentado comprender y representar la experiencia humana) se con­tradicen y destruyen mutuamente, disol­viéndose en Paradojas y Ambigüedades, conduciendo a la mente exploradora a un desnudo y blanco Polo magnético (v. Gordon Pym): su brújula señala indiferente­mente «todos los lugares del horizonte».

El héroe es la propia personificación de las Ambigüedades que le atormentan: el cono­cimiento moral con que «empieza a vivir» es la causa de su sufrimiento y de su muer­te; el santo cristiano es «semidiós… Titán… Prometeo», y destructor de otras vidas que requieren la destrucción de la suya. Al pedir en su ciego delirio que se imponga la ley de Cristo al mundo de César, se arroja «dando vueltas a través de espan­tosos meandros de desesperación, tras quién sabe qué vaga forma blanca» — quizá Moby Dick—, más allá de la cual está la libera­ción de las tinieblas y de la angustia mo­ral que constituyen la propia condición hu­mana. Pierre encuentra, pero no puede emular, a un embajador de ese «otro» mundo: Plotino Plinlimmon, que no «es» ya nadie concreto, pues ha rebasado la moral, el drama y las exigencias mismas del alma, dejando tras sí libros y escritu­ras de libros—el lenguaje mismo que vive en una estancia desnuda, en cuyo inescru­table pasivo y apagado rostro, ni benigno ni corrompido, de edad madura pero no arrugado, Pierre ve «una calma ni divina ni humana, ni compuesta de una o de otra especie… una calma del rostro en sí mis­mo… algo anteriormente no comprendido en el esquema del universo» —, un rostro que los agentes de cambio de Europa re­conocen al punto. El drama, modelado se­gún una tragedia shakespeariana y escrito en una grotesca prosa también «shakespea­riana», termina en un insatisfactorio final «de ocasión», con un asesinato y un sui­cidio.

S. Geist