Pickwick

Personaje central de los Pa­peles póstumos del Club Pickwick (v.), publicado en volumen en 1847, por Charles Dickens (1812-1870).

Robusto anciano, cal­vo y con gafas, Pickwick entra en escena como una benévola caricatura del tipo de Allworthy, del párroco Adams (v.) o del señor Primrose (v.), pero poco a poco, gracias a su vivo contraste con su criado Sam Weller (v.) se trueca en uno de aque­llos caracteres hacia quienes el novelista se sentía atraído, en un ser todo sencillez de corazón y benevolencia, con sus flaque­zas — como el empinar alguna vez el codo, el meterse en líos o el dejarse engañar por impostores —, que le hacen todavía más humano y simpático, hasta que al final de la obra su cabeza calva y reluciente se ro­dea casi con una aureola de santidad, como si en él se sublimase la esencia espiritual de una burguesía proba y pedestre, pueril­mente confiada en la integridad de los hombres.

Chesterton le definió «el Ulises de la comedia… un ser entre humano y en­cantado, lo bastante humano para correr mundo y embabiecarse, pero sostenido por aquel alegre fatalismo connatural a los se­res inmortales y aquel divino instinto que en los momentos más negros le dice que está destinado a una vida eternamente fe­liz. Pickwick camina hacia el fin del mun­do, pero sabe que hallará alojamiento». La paradoja de ese personaje consiste en el descubrimiento, que en él hizo el novelista, de que en un viejo y gordo burgués hay materia para un romántico protagonista de aventuras. «El héroe de la novela no es el más joven de tres hermanos, sino uno de sus más viejos tíos».

Dickens descubrió en el curso de su composición que aquel ro­llizo anciano tenía una gran habilidad para socorrer doncellas, desafiar tiranos, bailar, saltar, hacer experimentos con la vida y actuar como «deus ex machina» e incluso como caballero errante. Pickwick es el eterno engañado, que halla incentivo para triunfar incluso en las mismas trampas en que cae. El engaño de Jingle le permite descubrir, en la hostería del Ciervo Blanco, al incomparable Weller; las triquiñuelas de Dodson y Fogg le permiten entrar en la cárcel como un paladín y socorrer al hom­bre y a la mujer que más daño le han causado.

Como Cervantes para don Quijote (v.), Dickens, que empezó su obra con in­tención heroicocómica, ve poco a poco que lo heroico gana terreno sobre lo cómico, y acaba por encontrarse sobre un altar a aquel personaje originariamente destinado a ser objeto de burla. Pickwick es el pri­mer tipo en que Dickens, por reacción contra el materialismo Victoriano, intentó encarnar sus tendencias reformistas y se­ñalar el camino para una mejor convivencia humana. Semejante tipo no se proyecta sobre el plano heroico, como lo hubiera hecho Carlyle: las virtudes heroicas y so­brehumanas estaban más allá de su alcance de burgués; Dickens se limita a dar mues­tra del tipo más sencillo y común de bon­dad humana, intensificándolo en figuras que parecen obras de arte popular, como las estampas de Épinal.

En tales caracteres se subraya, en forma que hace pensar en la caricatura, cierta genérica benevolencia de la que está excluida toda referencia a las controversias y ambiciones de la épo­ca. Y esa mezcla de genericidad y de exa­geración hace que aquellos caracteres nos parezcan hoy casi monstruosos y grotescos. Como observa Humphry House: «Hoy no podemos leer nada de Pickwick en sus momentos más llanos de consciente bene­volencia, ni nada de Brownlove, ni de Cheeryble, ni de Garland, sin cierta impa­ciencia; cuando no son desagradables, nos cansan, y el papel que recitan nos parece demasiado mecánico.

En particular, la afi­ción que Dickens tiene a subrayar ciertas singularidades de aspecto, de actitud o de vestir, y que tanto éxito logra en figuras cómicas o grotescas como Pecksniff (v.) o Quilt, tiende a convertir a aquellos viejos bonachones en una especie de monigotes de los que la figura de Pickwick es el ade­lantado. Y la caricatura resulta totalmente en detrimento del decoro de aquellas vir­tudes que se pretende presentar como ad­mirables».

M. Praz