Piccarda

En el canto XXIV del «Pur­gatorio» (v. Divina Comedia) Dante pre­gunta a Forese: « ¿Dónde está Piccarda?», y aquél contesta: «Mi hermana que, entre bella y buena / no sé qué fue más, triunfa gozosa / en el alto Olimpo que ya la corona». Piccarda, por lo tanto, es la joven admirada por su belleza y por su bondad; no fue un amor para Dante, sino una con­tinua contemplación admirada y devota, la sublimación de un amor fracasado en un cielo que todo lo purifica. Por ello, en la Comedia, la hallamos en el Paraíso, donde se encuentra también Beatriz (v.).

Dante no divide el tema en dos: Beatriz es Bea­triz y Piccarda es Piccarda, aquella joven a quien se admira aunque, por respeto, no se ame. Dante puede amar a una Gentucca y volver a casarse, pero no puede tener dos Beatrices de un mismo género. Dante no supo cómo colocar en su vida a esa joven, pero sí pudo situarla en el Paraíso que había de ser la conclusión de todos los temas de su vida y una especie de retorno, enriquecido y pacificado, a las situaciones de su adolescencia. De Piccarda dice Lana: «Fue Piccarda hermana de Micer Corso dei Donati, de Florencia, y entró en el monasterio de Santa Clara de la Or­den de los Menores: fue mujer bellísima.

Hallándose esa mujer en el mencionado monasterio, el antedicho Micer Corso tuvo necesidad de contraer un parentesco en Florencia: no tenía a quién dar ni a quién tomar y por ello le aconsejaron: Saca a Piccarda del monasterio y-cásala. Creyó el consejo y por fuerza la hizo salir del mo­nasterio y contrajo aquel parentesco». Pic­carda se halla en el primer cielo, el cielo de la lima («Paraíso», canto III), beata co­mo las almas de todas las demás esferas, pero relegada a la parte baja por «falta de voto». Aparece una visión; Dante di­buja el fondo: varios rostros dispuestos a hablar — pero débilmente luminosos y fina­mente delineados —, algo gentil, vago y casi evanescente como «perla en blanca írente» (y Piccarda es como una perla en la frente del Paraíso).

Ese preludio tiene algo de noble y aristocrático. Sobre este albor de paraíso, Dante propone en seguida el motivo fundamental del círculo de paz, obediencia, humildad (o abandono en Dios, o plenitud de deseo, o felicidad terrestre). Beatriz, en efecto, exhorta a Dante a con­versar con las almas «pues el veraz lumi­nar que las apaga / con su brillo no les deja torcer los pies». Piccarda es la som­bra más deseosa de hablar. Y he aquí el .singular vigor con que, desde el inicio del diálogo, el poeta caracteriza a su personaje: Dante se vuelve a Piccarda y es como un hombre «a quien desazona el demasiado deseo»; la energía de esas expresiones se refleja en la invocación que es a la vez de .súplica y de amor: imágenes y alusiones todas que concurrirían al amor, pero que, por el contrario, sólo simbolizan un amor elevado sobre un cielo que lo purifica todo.

E inmediatamente después viene la res­puesta: «Luego ella, presto y con risueños ojos»; pero la respuesta es amplia y más tranquila: se refiere a Dios, vuelve al tema de la plenitud espiritual y construye un fondo de caridad y de abiertas posibilida­des. En el personaje de Piccarda culmina ese goce que es alegría, vitalidad superior y ardor; crecen los elementos de nobleza, grandeza moral y aristocracia: el mundo está visto desde lo alto de estos sentimien­tos, dramáticamente, a través de la aven­tura de tres mujeres (Chiara, Piccarda y Costanza) en medio de la tempestad del mundo. Pero Piccarda aligera su narración y hace referencia a un esplendor, más aún, a un esplendor real: la figura aristocrática de Costanza. Habla de ella con entusiasmo, en lugar de hablar de sí misma.

Y tras una atenuación progresiva de sus trazos, canta y desaparece. Vuelve entonces el mo­tivo del agua. Si comparamos a Piccarda con Francesca (v.) o con Pia (v.) veremos que la primera habla de sí misma, pero en forma declarada, con muchos «nosotros», en los que se comprende a otras personas y describiendo el estado de su corazón, para pasar rápida y modestamente a hablar de Costanza. Piccarda es sobria y serena, incluso cuando habla de su propia alegría, como si con su aparición se insertara en el poema un atisbo a su corazón abierto. Francesca se halla totalmente inmersa en su refinada aventura, con un poco de lite­ratura amena y de frivolidad hacia un jo­ven más apuesto que su marido, aunque sin salir del círculo de su familia.

No sien­te otra cosa que la satisfacción de su yo y el castigo de su goce. Francesca coloca en el altar el amor-literatura, mientras Piccarda pone la caridad, el amor religioso. También Pia de’ Tolomei está absorta toda ella en la visión nupcial de la gema. Al­mas cerradas en las pasiones terrenales, una y otra han chocado en la muerte. Pic­carda, en cambio, es superior al mundo: por su voluntad monacal, por su actitud de perdón para con sus parientes y por su beatitud; por ello se aleja cantando: un serenísimo canto sobre el mundo y sobre su drama.

P. Baldelli