Pícaro

Protagonista de uno de los gé­neros narrativos más característicos de la literatura española de los siglos XVI y XVII, la novela picaresca.

Transcripción literaria de la vida real, a veces exagerado en un intento moralizador, el pícaro nace al, mundo de la novela con la aparición del Lazarillo de Tormes (v.) y, desde en­tonces, sigue siendo el héroe de una fin­gida autobiografía satírica cuyo título suele ser el nombre mismo del protagonista. Pe­ro aunque Lazarillo (v.) sea la fuente y el punto de partida de todo el género pica­resco, y su anónimo autor el verdadero padre del tipo del pícaro, hay que advertir que este personaje no se concreta de un modo definitivo hasta la aparición del Guzmán de Alfarache (v.) de Mateo Alemán.

A pesar de ello, la figura y la vida de La­zarillo de Tormes, que no es designado con el nombre de pícaro en toda la obra, ofrecen una serie de rasgos peculiares que con mínimas alteraciones habrán de ser utilizados por la novela picaresca posterior. Nacido de padres pobres y de baja estofa, cuya escasa honorabilidad está muy lejos de ser el mejor ejemplo para su formación moral, el pícaro se ve arrojado al gran teatro del mundo desde la infancia, y, sin instrucción ni experiencia alguna, se halla obligado a ganarse la vida. En el caso de Lazarillo de Tormes, el pícaro es iniciado en la escuela de la vida en calidad de guía de un ciego (lazarillo), para convertirse después en el «mozo de muchos amos» que conoce las más diversas condiciones socia­les como criado de un clérigo, de un escu­dero, de un fraile mercedario, de un «buldero» (predicador, o mejor dicho, vendedor de bulas papales), de un capellán y de un alguacil, hasta que, establecido en Toledo, llega a ser pregonero público y casa con la criada de un arcipreste, las infidelidades de la cual soporta con complaciente estoicismo.

El primer pícaro de la literatura española, ya existente como personaje mítico en los proverbios y en la tradición popular antes de la publicación de la novela, nos apare­ce como un muchacho sin experiencia pero de buen carácter, estropeado por el am­biente corrompido que le rodea. Su vida, que se ha definido como una apología ne­gativa y humorística del hambre, constitu­ye al mismo tiempo un aprendizaje de la astucia y del engaño que corroe su natural bondad aguzando su mordaz y vivo inge­nio. Indiferente a la bondad, al honor y a la compasión, su amarga experiencia le ha inspirado un realismo fatalista y estoi­co no exento de humor y de ironía, cuya profunda humanidad le hace extraordina­riamente simpático.

Por su falta de cinismo consciente y por su ímpetu vital que con­trasta con la crudeza brutal y corrosiva de Guzmán de Alfarache (v.), Lazarillo no es un verdadero pícaro tal y como lo conci­bió la sociedad española del siglo XVII. La trágica «atalaya de la vida humana», como se proclama a sí mismo Guzmán de Alfa­rache, constituye en este sentido el código ejemplar de la picaresca, y su héroe se transforma, desde el momento de su apa­rición, en el arquetipo ejemplar del pícaro. Las imitaciones posteriores de ese género no habrán de ser otra cosa que una defor­mación más o menos precisa de la figura de Guzmán, el cual, considerado como el pícaro por antonomasia, define todos los rasgos inherentes a su condición humana.

Víctima de los engaños y maldades de los demás y de su infancia errante y misera­ble, el pícaro es un hijo del ocio que se convierte en vagabundo hambriento, caren­te de todo escrúpulo y de toda conciencia moral. Sin arte ni parte, ha estado en la escuela de la vida donde ha tenido por maestros al vicio y a la maldad. Su innata agudeza y sus inagotables expedientes para vivir libre y ocioso nos lo revelan cauto y astuto, adiestrado por una dolorosa experiencia adquirida a fuerza de amargas lecciones y de desengaños. Individualista y rebelde, incapaz de someterse a una vida regular y honrada, el pícaro posee una innata tendencia a la aventura y a la ac­ción, pero ignora los ideales heroicos. Eter­no huésped de mesones y burdeles, siem­pre en busca de un techo y de un plato, el pícaro es en el fondo, como señaló Bo­nilla, un filósofo estoico con rasgos de cí­nico.

Su impasibilidad ante las adversidades y su paciente fe en el destino contrastan con su carácter autónomo e individualista, con su desprecio por las leyes de la so­ciedad y con sil egoísmo, atento sólo a sus intereses personales. Celoso de su libertad, que le impide someterse al yugo del matri­monio, el pícaro no tiene otro propósito que vivir sin trabajar, a expensas de los demás, con una total ausencia de escrúpu­los. La falta de idealismo, que le hace vi­vir sin la más mínima fe en los hombres y en el más completo olvido de toda ilu­sión trascendente, engendran su realismo amargo y burlón. Su falta de tenacidad, su volubilidad y su imprevisión, que no hay que interpretar en modo alguno como ras­gos de necedad ni de inconsciencia, le con­fieren aquel indiferente desdén con que, contento de su miseria, contempla los afa­nes de los demás.

El sufrimiento y el des­engaño, si no le salvan de la vida del vi­cio, le dan al menos una filosofía resigna­da cuyo frío pesimismo deriva de esa ex­periencia de la adversidad que le priva de toda alegría vital, mientras la inconcusa certeza que tiene de la perfidia y la mal­dad de los demás sofoca en él el espontá­neo brotar de los sentimientos, sometiéndolos a la razón y haciéndole considerar al prójimo como mero instrumento de su con­veniencia. Víctima de la maldad ajena, no menos que de sus propias culpas, el pícaro no es, en rigor, ni un rufián, ni un ladrón, ni un mendigo, a pesar de que su aversión al trabajo le lleva a menudo a pedir limos­na, a hurtar los bienes ajenos y a cometer las más indignas acciones. Holgazán y va­gabundo, ejerce oficios provisionales, co­mete hurtos y urde engaños, hace trampas en el juego, pero es demasiado cauto para incurrir en el crimen.

Criado, faquín, mozo de hostería, marmitón, escudero o cama­rero, es esencialmente el criado de muchos amos, obsesionado por el elemental espejis­mo de dormir bajo techo y saciar el ham­bre. Su natural sobriedad, ejercitada por el ayuno a que muchas veces le obliga la miseria, le impide caer en el vicio de la embriaguez, y su eterna misoginia le hace casto y continente con las mujeres. Si al­guna vez conculca sus principios antifemi­nistas, es víctima de la codicia y de los engaños de cortesanas y prostitutas que se ríen de él y le roban despiadadamente. Por ello el pícaro ofrece, como tipo huma­no, una manifiesta limitación e insinceri­dad, a pesar de su perfecto realismo. No sólo porque nos da una visión fragmentaria del mundo que describe el aspecto infra­humano de la vida real, sino porque su peculiar egoísmo le lleva a ignorar el sen­timiento y la pasión amorosa.

El propó­sito satírico y moralizador de la novela picaresca confiere a su personaje una in­sensibilidad repelente y exacerbada que, además de constituir una falsedad funda­mental, desemboca en un desprecio de los placeres del mundo y de la vida, -que mal se aviene con su falta de conciencia moral. Aunque la novela española ofrece, después del Lazarillo de Tormes y del Guzmán de Alfarache, una riquísima gama de picaros que presentan todas las variaciones posibles de esa figura novelesca, ninguna ha logrado superar al pícaro por antonomasia que es el héroe de Mateo Alemán.

Al lado del pícaro escudero como Marcos de Obregón (v.), hallamos al pícaro astuto en el bus­cón Don Pablos (v. Pablo de Segovia), al pícaro aventurero Estebanillo González (v.), al pícaro criado en El donado hablador o Alonso, mozo de muchos amos (v.), de Je­rónimo de Alcalá Yáñez y Ribera, al pícaro ladrón en La desordenada codicia de los bienes ajenos (v.), de Carlos García, al pícaro galante en Vida de don Gregorio Guadaña (v.), de Antonio Enríquez Gó­mez, al pícaro desilusionado en el Peri­quillo, el de las Gallineras (v.), de Fran­cisco Santos, sin contar los personajes picarescos que aparecen en Rinconete y Cortadillo (v.) y en La Ilustre Fregona (v.) de Cervantes, creador de aquella que Valbuena ha llamado «la picaresca huma­na». La creación de la picaresca femenina se debe a Francisco López de Úbeda, con La Pícara Justina (v.), tipo de mujer ale­gre, astuta y desenvuelta, cuya descenden­cia literaria está formada por La hija de Celestina o la ingeniosa Elena (v.) de Alon­so Jerónimo de Salas Barbadillo, y La niña de los embustes, Teresa de Manzanares (v.) y La Garduña de Sevilla (v.), de Castillo Solórzano. Ambos géneros ejercieron con­siderable influencia en la novela europea del siglo XVII. En Inglaterra, Thomas Nash (1567-1601) imita al Lazarillo en su Viajero desgraciado o JacJc Wilton (v., 1594), no­table novela picaresca poco conocida fuera de la Gran Bretaña. En Francia la prime­ra imitación libre es La verdadera historia cómica de Francion (v.) de Charles Sorel (1597-1674), y más tarde la obra maes­tra Historia de Gil Blas de Santillana (v.), de Lesage (1668-1747).

En alemania, donde el influjo de la picaresca española adquiere extraordinaria intensidad, la novela pica­resca más importante es El aventurero Simplex Simplicissimus (v.) de Grimmelshausen, inspirado en el Lazarillo y, sobre todo, en el Guzmán. Grimmelshaúsen adapta tam­bién la picaresca femenina en su novela Admirable biografía de la archiembaucadora y picara Courasche (v.), inspirada proba­blemente en La pícara Justina. Las dos versiones novelescas de la picaresca espa­ñola influyen poderosamente en la novela inglesa del siglo XVII, que halla en la obra de Fielding y de Smollett una adap­tación inglesa del pícaro español y en la Molí Flanders (v.), de De Foe (1660-1731), la versión moderna de la picara que tiene su origen en La pícara Justina.

A. Vilanova