La Pícara Justina

Protagonista de la novela picaresca de su mismo nombre (v.), atribuida a Francisco López de Úbeda (fines del XVI y principios del XVII). «Justina fue mujer de raro ingenio, de feliz memoria, amorosa y alegre, de bue­na presencia, porte y brío, ojos azules, cabellos negros, nariz aquilina y tez mo­rena». Así nos la describe el autor, y aña­de las cualidades intelectuales por las que «no hay enredo en Celestina… simple­zas en Lázaro, elegancia en Guevara…, cuentos en Asno de Oro, etcétera», que ella no conozca. La imagen de la «mujer libre» concebida a la manera realista, esto es, a la inversa de como la concebían los diá­logos platonizantes del siglo XVI, se había ya asomado a la literatura española con La Lozana Andaluza (v.); pero el influjo del Aretino era en aquella obra demasiado pa­tente para justificar toda referencia al moralismo picaresco.

Justina, en cambio, nace cuando la elaboración literaria había ter­minado ya la fase formativa de aquel gé­nero, y renueva las situaciones comunes sólo en cuanto la transposición del registro picaresco a los límites del alma femenina implicaba de mórbido y equívoco, o, según cree el autor, de edificante; ya que las aventuras de Justina habían de hacer ver a las doncellas el «conocimiento» de sus peligros, a las casadas los «inconvenientes» de los malos ejemplos dados a las hijas, etc. Pero los propósitos moralizadores no logran reprimir un vigoroso naturalismo que des­miente las intenciones proclamadas por el autor.

Nacida en un mesón e impulsada por la fuerza de su sangre a salir de la órbita familiar para entregarse a una vida irregular y sin freno, Justina recorre me­dia España siguiendo fiestas y romerías, que son el turismo del pueblo, y enredán­dose en burlas que la ponen en contacto con estudiantes, soldados y facinerosos y bordean, y a menudo transgreden, las le­yes morales y civiles, y engolfándose en aventuras de todo género en las que con­tinuamente se arriesga a perder el honor. Pero más que por sus aventuras, Justina entra en el mundo picaresco por su rea­lidad social: como cualquier Pícaro (v.), Justina lucha por su existencia cotidiana y no halla la definitiva seguridad hasta que, habiendo heredado, gracias a sus es­tratagemas, las riquezas de una bruja mo­ra, el matrimonio la hace entrar en el puerto de la norma social.

Y a pesar del triunfo de una «conformidad» que sabe de­masiado a «happy end», Justina salva toda la potencia de su personalidad, que había de tener luego una larga descendencia, desde La hija de Celestina (v.), de Salas Barbadillo, a La niña de los embustes, Tere­sa del Manzanares (v.), y La Garduña de Sevilla (v.) de Castillo Solórzano (1584- 1648). Fuera de España, volvemos a en­contrar el rastro de Justina en la Admira­ble biografía de la archiembaucadora y pi­cara Courasche (v.) del alemán Grimmelshausen (16259-1676) y sobre todo en la Moll Flanders (v.) de De Foe (1660-1731).

C. Capasso