[Caius Petronius Arbiter}. Petronio aparece ya en los Anales (v.) de Tácito, convertido en un auténtico personaje literario: tanta es la vivacidad con que se describe, como patricio refinado y elegante, «árbiter elegantiarum», alma de la corte de Nerón, tan amante de las letras como de las francachelas y tan fiel, en su vida y en su muerte, a un aristocrático epicureismo qué, al caer en desgracia, antes que aferrarse a una existencia insegura, prefiere abrirse las venas y extinguirse lúcida y lentamente durante un alegre convite.
Parece seguro que escribió el Satiricón (v.), ya que su característica figura se aviene naturalmente con esa obra tan típica de la decadencia latina. Pero su celebridad como personaje se debe a la popular novela del escritor polaco Henryk Sienkiewicz (1846-1916) Quo Vadis? (v.), de la cual es, en realidad, el protagonista. En el Quo Vadis? la figura esbozada por Tácito revive y desarrolla los episodios de la historia, encontrando en el clima finisecular una singular correspondencia con aquel que acogió su existencia real: Petronio es una especie de Brummel más culto a la vez que un Oscar Wilde más prudente, que no cree en la vida, pero sí en los placeres de los sentidos y del espíritu que la vida ofrece, que no posee la suficiente fuerza interior para aceptar, como Vinicio, la renovación del cristianismo, pero que lo respeta, que no establece un límite preciso entre el bien y el mal, aunque se mantenga fiel a una íntima honradez, que es leal a sus afectos y que mantiene una consciente independencia espiritual de sonriente epicúreo.
Así, resurgiendo de la edad neroniana, Petronio resulta ser el perfecto representante de un ideal masculino que a fines del siglo XIX tendía a imponerse y del que él es quizá la más simpática figura, sin excesos ni afectaciones, muy próxima al Nicias que Anatole France creó en su Tais (v.), tal vez inspirándose en el mismo modelo. La propia muerte se convierte para él en un placer: una venda dorada retiene la sangre que mana de sus venas, y una esclava bellísima y apasionada, Eunice, le acompaña en su muerte, no pudiendo vivir sin él. Y, como él mismo sugiere en sus últimas palabras, con él muere el paganismo: un paganismo conscientemente enamorado de la vida según la amaban los decadentes, vida de diletante, sólo justificada cuando se llevaba con auténtico señorío.
U. Déttore

